lunes, 10 de agosto de 2015

El diktado de Alemania / Ignacio Ramonet *

Sólo en las películas de terror se ven escenas tan sádicas como las que vimos el 13 de julio pasado en Bruselas, cuando el primer ministro griego Alexis Tsipras –herido, derrotado, humillado– tuvo que acatar en público, cabizbajo, el diktado de la canciller de Alemania, Angela Merkel, renunciando así a su programa de liberación por el cual fue elegido, y el cual precisamente acababa de ser ratificado por su pueblo mediante referéndum.

Exhibido por los vencedores como un trofeo ante las cámaras del mundo, el pobre Tsipras tuvo que tragarse su orgullo y tragar también tantos sapos y culebras que el propio semanario alemán Der Spiegel, compadecido, calificó la lista de sacrificios impuestos al pueblo griego de “catálogo de horrores”...

Cuando la humillación del líder de un país alcanza niveles tan espeluznantes, la imagen se queda en la historia para aleccionar a las generaciones venideras, incitadas a no aceptar nunca más un trato semejante. Así han llegado hasta nosotros expresiones como “pasar por las horcas caudinas” (1) o el célebre “paseo de Canossa” (2). Lo del 13 de julio fue tan enorme y tan absolutamente irreal que quizás este día también será recordado en el futuro de Europa como el día del “diktado de Alemania”.

La gran lección de ese escarnio es que se ha perdido definitivamente el control ciudadano con respecto a una serie de decisiones que determinan la vida de la gente en el marco de la Unión Europea (UE) y, sobre todo, en el seno de la zona euro, hasta tal punto que podemos preguntarnos: ¿de qué sirven las elecciones si los nuevos gobernantes se ven obligados a hacer lo mismo que los precedentes en los temas esenciales, es decir, en las políticas económicas y sociales? Bajo este nuevo despotismo europeo, la democracia se define, en menor medida, por el voto o por la posibilidad de escoger y, en mayor medida, por el imperativo de respetar reglas y tratados (Maastricht, Lisboa, Pacto Fiscal) adoptados hace tiempo y que resultan verdaderas cárceles jurídicas sin posibilidad de evasión para los pueblos.

Al presentar a las muchedumbres a un Tsipras con la soga al cuello y coronado de espinas –“Ecce Homo”–, Merkel, Hollande, Rajoy y los otros pretendían demostrar que no hay alternativa a la vía neoliberal en Europa. Abandonad toda esperanza, electores de Podemos y de otros frentes de izquierda europeos; estáis condenados a elegir gobernantes cuya función consistirá en implementar las reglas y los tratados definidos una vez por todas por Berlín y el Banco Central Europeo.

Lo más perverso es que, al igual que en un juicio estalinista a semejanza del “Proceso de Praga”, se le ha exigido a quien más criticó el sistema, a Alexis Tsipras, que sea quien se humille ante él, que lo elogie y que lo suplique.

Los que ignoraban que vivíamos en un sistema despótico lo han descubierto en esta ocasión. Algunos analistas dicen que ya estamos en un momento que podríamos calificar de “postdemocrático” o de “postpolítico”, ya que lo que pasó el 13 de julio en Bruselas demuestra el desgaste del funcionamiento democrático y del funcionamiento político. Además, muestra que la política ya no consigue dar las respuestas que los ciudadanos esperan, aunque voten mayoritariamente a favor de ellas.

La ciudadanía observa, desesperanzada, cómo se exige al partido griego Syriza, que ganó las elecciones y que ganó un referéndum con un discurso contra la austeridad, que aplique con mayor brutalidad la política de recortes que los electores rechazaron. Consecuentemente, muchos se preguntan: ¿para qué sirve elegir una alternativa si la alternativa acaba siendo exactamente una repetición de lo mismo?

Lo que Angela Merkel ha querido demostrar de manera muy clara es que, hoy en día, no existe lo que llamamos alternativa económica, representando ésta una opción contraria a la política neoliberal de recortes y de austeridad. Así, cuando un equipo político elabora un programa alternativo, lo somete a la ciudadanía para que pueda elegir entre éste y otros programas y cuando dicho programa gana las elecciones y un equipo nuevo alcanza legítimamente, democráticamente, la dirección de un país, ese equipo de gobierno, con su proyecto alternativo antineoliberal, descubre que, en realidad, no tiene margen de maniobra. En materia de economía, de finanzas y de presupuestos no dispone de ningún tipo de margen de maniobra porque, además, están los acuerdos internacionales, que “no se pueden tocar”; los mercados financieros, que amenazan con sanciones si se toman ciertas decisiones; los lobbys mediáticos, que hacen presión; los grupos de influencia oculta como la Trilateral, Bildeberg, etc. No hay espacio.

Todo esto significa, simplemente, que el gobierno de un Estado de la zona euro, por mucha legitimidad democrática que posea y aunque haya sido apoyado por el sesenta por ciento de sus ciudadanos, no tiene las manos libres. Sí las tiene si decide realizar reformas legislativas para modificar aspectos importantes de vida social como, por ejemplo, el aborto, el matrimonio homosexual, la reproducción asistida, el derecho a voto de los extranjeros, la eutanasia, etc. Sin embargo, si desea reformar la economía para liberar a su pueblo de la cárcel neoliberal, se encuentra con que no puede hacerlo. Sus márgenes de maniobra aquí son prácticamente inexistentes, no sólo por la presión de los mercados financieros internacionales sino también, sencillamente, porque su pertenencia a la zona euro le obliga a someterse a los imperativos del Tratado de Maastricht, del Tratado de Lisboa, del Pacto fiscal (que exige que el presupuesto nacional no puede tener un déficit superior al 0,5% con respecto al PIB del país), del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (que endurece las condiciones impuestas a los países que necesitan un crédito), etc.

Como consecuencia, se ha creado, efectivamente, en Europa en la actualidad, el estatus de “nuevo protectorado” para los Estados que han pedido un rescate. Grecia, por ejemplo, es gobernada de manera “soberana” para todas las cuestiones que tienen que ver con la gestión de la vida social de sus ciudadanos (los “indígenas”). No obstante, todo lo que tiene que ver con la economía, con las finanzas, con la deuda, con la banca, con el presupuesto y, evidentemente, con la moneda está gestionado por una instancia superior: la tecnocracia euro de la Unión Europea. Es decir, Atenas ha perdido una parte decisiva de su soberanía, el país ha sido rebajado al grado de protectorado.

Dicho con otras palabras: lo que está ocurriendo no sólo en Grecia sino en toda la zona euro –en nombre de la austeridad, en nombre de la crisis– es, básicamente, el paso de un Estado de bienestar hacia un Estado privatizado en el que la doctrina neoliberal se impone con un dogmatismo feroz, puramente ideológico. Estamos ante un modelo económico que está arrebatando a los ciudadanos una serie de derechos adquiridos después de largas y, a veces, sangrientas luchas.

Algunos dirigentes conservadores tratan de calmar al pueblo diciendo: “Bueno, se trata de un mal periodo, un mal momento que hay que pasar. Tenemos que apretarnos el cinturón, pero saldremos de este túnel”. La pregunta es: ¿qué significa “salir del túnel”? ¿Nos van a devolver lo que nos han arrebatado?¿Nos van a restituir los recortes salariales que hemos padecido? ¿Van a restablecer las pensiones al nivel en el que estaban? ¿Vamos a volver a tener créditos para la salud pública, para la educación?

La respuesta a cada una de estas preguntas es “no”. Porque no se trata una “crisis pasajera”. Lo que ocurre es que hemos pasado de un modelo a otro peor. Y ahora se trata de convencernos de que lo que hemos perdido es irreversible. Lasciate ogni speranza (3). Ése fue el principal mensaje de Angela Merkel el pasado 13 de julio en Bruselas mientras exhibía, cual teutónica Salomé, la cabeza de Tsipras en una bandeja...

(*) Periodista y editor de 'Le Monde Diplomatique' para España.


(1) La batalla de las Horcas Caudinas tuvo lugar el año 321 a. C., entre los ejércitos romano y samnita. Los samnitas de Cayo Poncio, gracias a su posición estratégica, rodearon y capturaron a un ejército romano de unos 40.000 hombres. Los soldados fueron desarmados, despojados de sus vestimentas y, únicamente con una túnica, fueron obligados a pasar de uno en uno por debajo de una lanza horizontal dispuesta sobre otras dos clavadas en el suelo, lo que les obligaba a inclinarse como condición para ser liberados. Esta derrota es el origen de la frase “pasar por las horcas caudinas” o “pasar bajo el yugo”, utilizadas en varias lenguas occidentales cuando hay que pasar un trance difícil, humillante y deshonroso por la fuerza.
(2) El “paseo de Canossa” hace referencia al viaje del emperador Enrique IV del Sacro Imperio Romano Germánico desde Espira (Speyer, Alemania) al castillo de Canossa (Italia) para ver al Papa Gregorio VII en enero de 1077. El objetivo era solicitarle que le levantara la excomunión. Cuando llegó a Canossa, Enrique IV tuvo que permanecer arrodillado a las puertas del castillo tres días y tres noches, nevando, vestido como un monje, con una túnica de lana y descalzo, para poder conseguir el perdón papal. Hoy en día, la expresión “Paseo de Canossa” (“Gang nach Canossa” en alemán, “Walk to Canossa” en inglés, “Aller à Canossa” en francés y “L’umiliazione di Canossa” en italiano) se usa para señalar una petición humillante.
(3) “Abandonad toda esperanza”, Dante Alighieri, La Divina Comedia. El Infierno. Canto III.

miércoles, 20 de mayo de 2015

La batalla profunda contra 'Podemos' / David Hernández Castro *

Como si las tropas de Pablo Iglesias hubieran cruzado el Rubicón, tres artículos, aparecidos en tres días consecutivos, nos han alertado de que la marcha de Podemos hacia la Moncloa ha dejado de estar en su elemento. Manuel Monereo lo resume así: El poder ha levantado «un fuerte muro defensivo» y ha pasado «resueltamente al contraataque» (05-05-2015, Cuarto Poder). ¿Cómo interpretar este nuevo escenario? Para muchos, volviendo al arsenal teórico de Gramsci. El primero en hacerlo ha sido el propio Pablo Iglesias: «En la política occidental la guerra de maniobra (el asalto) perdería relevancia frente a una compleja guerra de posición en la que el Estado no sería más que la trinchera avanzada del conjunto de fortificaciones de la sociedad civil» (03-05-2015, Público). En los Cuadernos de la cárcel, Gramsci extrapoló al campo de lo político los grandes cambios que la Primera Guerra Mundial había desencadenado sobre la estrategia militar. Iglesias continúa: «La política de la guerra de trincheras es la lucha por la hegemonía». 

Así, el Rubicón es el paso de la «guerra de movimientos» a la «guerra de posiciones» (o «de trincheras»), algo sobre lo que también Miguel Urbán, otro de los promotores iniciales de Podemos, se hacía eco al día siguiente: «Y es que la revolución democrática se está mostrando, cada vez más, como una escalada en la guerra de posiciones» (04-05-2015, Público). Pero esta no fue la última palabra. Como sabrá el lector informado, no hacen falta más de dos invocaciones a Gramsci para que comparezca una de las personas que mejor lo conoce en nuestro país, el politólogo Manuel Monereo: «La dirección de Podemos se lanzó a una guerra de maniobra que rápidamente se convirtió en una guerra relámpago». Pero pasada la sorpresa inicial, el poder reaccionó con «un fuerte muro defensivo» y un contraataque que ha sometido a esta fuerza política a «una durísima guerra de posiciones». Y añade: «enfangada en las casamatas, duramente acosada, combate para el que no estaba preparada (¿Quién lo está?), se ve obligada a construirse como organización en el cerco, en la lucha, en el conflicto» (05-05-2015, Cuarto Poder). 

Cada uno de estos tres artículos, a pesar de la urgencia de la situación, contiene indicaciones valiosas para interpretar la coyuntura. Y aunque a veces apuntan en direcciones distintas, todos coinciden a la hora de describir el cambio de escenario. De la guerra de movimientos (o de maniobras) a la guerra de posiciones (o de trincheras). En cierto sentido, tienen razón. Si, como recuerda Iglesias, vinculamos la guerra de trincheras a la lucha por la hegemonía, y entendemos la hegemonía como el conjunto de mecanismos supraestructurales, en sentido cultural, que contribuyen a la producción política de consenso, entonces la «guerra de trincheras» es la mejor forma para describir la situación en la que se encuentra Podemos. Pero en otro sentido, esta interpretación, al reducir al ámbito de la hegemonía lo que se está librando en el campo de la estrategia política, implica el grave riesgo de solapar el análisis de los acontecimientos políticos bajo el manto de unas categorías que no se ajustan a lo que está ocurriendo fuera de la esfera cultural. 

La culpa no es de Gramsci. Y como buen conocedor de Gramsci, Monereo parece haberlo intuido cuando señala que los poderes «reaccionaron al modo de los generales rusos». Esta es la pista que conviene seguir. Porque Gramsci, cuando escribió los Cuadernos de la cárcel, no tenía ni idea de cómo iban a reaccionar los generales rusos ante el avance de las tropas nazis. Así que no pudo introducir este elemento en su reflexión sobre la naturaleza de los cambios políticos que podrían derivarse de los cambios en la estrategia militar. Y se da la circunstancia, como ha sabido apreciar Monereo, de que es en el corazón de la doctrina militar que animó a los generales rusos donde hay que rastrear la respuesta estratégica que el poder ha orquestado contra Podemos. Nos encontramos en el terreno de la teoría operacional compleja que figuras como Tujachevski, Isserson o Triandafillov desarrollaron durante los años veinte y treinta para el Ejército Rojo, y que resultó finalmente condensada bajo el concepto de «batalla en profundidad» (Operativnoe Iskusstvo). 


Por desgracia, el interés de lo que estamos planteando no es secundario, porque lo que vamos a intentar fundamentar en este artículo no es solo que el concepto de «batalla profunda» ofrezca en la actual coyuntura un mayor rendimiento explicativo que el de «guerra de posiciones», sino que lo que está en juego debajo de estos marcos de interpretación es la orientación estratégica de la unidad popular. Hagamos una sencilla extrapolación. Durante mucho tiempo, la bibliografía imputó la derrota sufrida por los alemanes en el frente oriental al «rodillo soviético», es decir, a la inmensa cantidad de recursos humanos y materiales movilizados por Stalin. Pero esto no fue lo que ocurrió. En realidad, la estrategia militar de los alemanes, la guerra relámpago o Blitzkrieg, fue superada por la estrategia de la batalla profunda desplegada por el Ejército Rojo. Una respuesta, al menos para los derrotados, más difícil de digerir que la anterior, porque implica un reconocimiento de la inteligencia estratégica del adversario, la asunción de los propios errores, y la renuncia al consuelo que pudiera otorgar la atribución del fracaso a una insuperable desigualdad de fuerzas, al abismo infranqueable de las trincheras del enemigo. 

Pero mantenerse en el error solo puede conducir a nuevas derrotas, y como al fin y al cabo, el arte de la guerra está más interesado en la victoria que en el consuelo, la estrategia de la batalla profunda terminó convirtiéndose en materia de estudio para los adversarios de la Unión Soviética. No sin que pasaran bastantes años de por medio. Y este es el riesgo que queremos conjurar con nuestro artículo, porque se trata de la misma tesitura en la que se encuentran los que interpretan el estancamiento de Podemos como una consecuencia casi inevitable de su exposición a los poderes que combate. No hay duda de la brutalidad y desmesura de la reacción. Pero al igual que no hubo «rodillo» que pudiera contener en Grecia el avance de la Syriza, tampoco en España existe ninguno que ofrezca más garantías. No se trata de una cuestión de peso, sino de cualidad. No de cuántos recursos, sino de cómo son utilizados.  

Empezaremos analizando las dos teorías militares sobre las que Gramsci fija su atención en los Cuadernos de la cárcel: la guerra de movimientos y la guerra de posiciones. La primera constituye la base del arte operacional alemán y fue desarrollada originariamente por la escuela del general Schlieffen, proponiendo una guerra de maniobras rápidas y vigorosas capaces de cercar y destruir al ejército enemigo en una batalla de aniquilación. Tomaba como punto de partida las experiencias exitosas de Aníbal en la antigua Batalla de Cannas y del ejército prusiano en la más reciente Batalla de Sedán. Schlieffen no tuvo tiempo de ver cómo su Plan se llevaba a la práctica en Francia, pero en el verano de 1914, tras una serie de buenos resultados iniciales, sus sucesores pudieron comprobar que el avance impetuoso de las tropas alemanas no era suficiente para batir la resistencia encarnizada que los Aliados opusieron en la Batalla del Marne, obligando a las partes a fortificarse e iniciar la terrible guerra de trincheras o de posiciones. 

Esta y otras experiencias fueron las que influyeron en Gramsci y le llevaron a escribir que «el ataque de choque como táctica termina en un desastre» (1980, 80). La guerra de posiciones «no está constituida sólo por las trincheras propiamente dichas, sino por todo el sistema organizativo e industrial del territorio que está ubicado a espaldas del ejército» (80). Esto, continúa Gramsci, es lo que garantiza que esta forma de operación se termine imponiendo sobre la guerra de maniobras, a través de la combinación del tiro rápido de los cañones, las ametralladoras, los fusiles y la concentración de armas en un determinado punto, con «la abundancia del reabastecimiento que permite sustituir en forma rápida el material perdido luego de un avance o un retroceso» (80). 


Sin embargo, una vez pasada la Primera Guerra Mundial, y ya con la sombra de la Segunda en el horizonte, la aparición de nuevos medios técnicos como la aviación y los carros de combate ayudaron a que Guderian y Manstein pudieran persuadir al Estado Mayor alemán para que renovara su confianza en los principios estratégicos del Plan Schlieffen. Fue el origen de la Blitzkrieg, la guerra relámpago que derrotó al ejército franco-británico en 1940. Más arriba, ya hemos tenido ocasión de comprobar cómo los artículos de Iglesias y Monereo asociaban la estrategia inicial de Podemos con la de la guerra relámpago. Estamos de acuerdo con esta tesis. Pero a partir de aquí, tenemos que presentar tres discrepancias: en primer lugar, que la situación de estancamiento a la que ha conducido esta orientación estratégica se deba a los límites impuestos por una resistencia feroz del sistema, entendiendo esta ferocidad en los términos de abundancia y cantidad que Gramsci describe en los Cuadernos de la cárcel

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, que el concepto de «guerra de trincheras» sea el más apropiado para describir el nuevo escenario estratégico ante el que se encuentra Podemos. Y en último lugar, que Podemos, a pesar de las palabras de su secretario general, se haya desembarazado en realidad de los principios estratégicos de la guerra relámpago. Si se trata de establecer un paralelismo a la gramsciana, su situación se encuentra mucho más cercana a la que sufrieron las tropas alemanas frente al Ejército Rojo que a la que habían experimentado en la Batalla del Marne. No es que Podemos se haya visto obligado a variar sus premisas operativas ante la situación de estancamiento político, sino que esta situación de estancamiento se deriva precisamente de sus premisas operativas, que siguen siendo las de la guerra relámpago. Pero para argumentar cada una de estas cuestiones, deberemos introducir algunos principios básicos de la «batalla profunda». 


Para empezar, el sistema. La guerra no es un mecanismo, sino un sistema que combina una gran multitud de elementos entre sí: industriales, políticos, logísticos, naturales, etc. Y la clave de esta combinación, al igual que en los sistemas biológicos, es la comunicación, que es puesta en el centro del interés estratégico a través del concepto de «choque operacional» (Udar), cuyo objetivo es crear las condiciones de desorganización y parálisis que conduzcan a la descomposición interna del enemigo. Mientras que la guerra relámpago ataca a una parte del sistema, la batalla profunda intenta paralizar los centros neurálgicos que permiten su funcionamiento (Veramendi, 30-01-2013). 


Triandafillov y Tujachevski, a partir de ciertas ideas de Svechin, pusieron las bases de esta teoría incorporando por primera vez un nuevo nivel en el arte militar: las operaciones, cuya función era servir de puente entre las orientaciones estratégicas y el despliegue táctico, que habían quedado desconectadas tras la experiencia de la Primera Guerra Mundial. La capacidad del enemigo de restaurar con rapidez sus defensas y de alargar la línea del frente para impedir los movimientos de flanqueo, condujeron a los soviéticos a replantear su forma de ataque. El objetivo estratégico fundamental ya no es la primera línea del frente, sino el lugar donde el sistema extrae sus órdenes y recursos: la retaguardia profunda, o en palabras de Clausewitz, el centro de gravedad, «el centro de todo el poder y movimiento de lo cual todo depende… el punto sobre el cual deben ser dirigidas todas nuestras energías» (cit. por Somiedo García, 2013, 2). En el siglo XIX, el teórico militar suizo Antoine Henri Jomini ya había llamado la atención sobre la existencia de ciertos lugares geográficos o sucesos clave específicos, los «puntos decisivos» (Schwerpunktes), que cuando se retienen o neutralizan, incrementan la vulnerabilidad del enemigo. Los puntos decisivos son, por tanto, los elementos esenciales para atacar o proteger los centros de gravedad (Somiedo García, 2013, 3-4). 


Una vez localizados los centros de gravedad, el Udar intenta paralizarlos horizontal y verticalmente, separando a las unidades unas de otras y la línea del frente de la retaguardia. El objetivo es obligar al sistema a replegarse para intentar recomponer sus fuerzas en un punto donde sus distintas partes puedan recuperar el contacto entre sí, abandonando el espacio estratégico que había logrado ocupar, perdiendo profundidad, y exponiéndose a importantes pérdidas de recursos humanos y materiales. Básicamente, el choque operacional se desplegaba coordinando dos tipos de fuerzas distintas: Por un lado, una fuerza móvil y blindada, que trataba de acceder al centro de gravedad a través de un punto decisivo, intentando romper la línea del frente con un gran impulso que combinaba velocidad, masa y sorpresa. Por otro, una fuerza aerotransportada, que intentaba coger desprevenido al enemigo interviniendo directamente sobre el centro de gravedad al que las fuerzas de penetración trataban de acceder (Veramendi, 30-01-2013). La clave de esta coordinación es que ambas fuerzas debían actuar no secuencialmente, como en la guerra relámpago, sino simultáneamente. Todo el arte operacional soviético estaba diseñado para hacer irrelevante la escala de los recursos del enemigo, poniendo en el centro de la diana su funcionalidad. 


Ahora podemos volver sobre nuestros pasos y señalar el problema más importante de la Blitzkrieg: buscar un resultado estratégico, la rendición del enemigo, a través de medios operacionales y tácticos, la batalla concreta. Veramendi lo explica poniendo como ejemplo la batalla de Francia de mayo de 1940, donde la ruptura del frente francés en Sedán sería el acontecimiento táctico, la carrera hacia la costa que supuso el «Corte de Hoz», la parte operacional, y la huida de las tropas británicas y una cantidad importante de tropas francesas por Dunkerque, el fracaso estratégico (Veramendi, 06-02-2013). Desfilar por debajo del Arco del Triunfo debió de infundir a Hitler una gran confianza en los resultados de la guerra relámpago, pero estaba cometiendo un grave error, que fue reducir el objetivo estratégico (no lo olvidemos, la derrota del enemigo), a un solo golpe operacional, la batalla concreta. Mientras los jerarcas nazis se hacían fotos en la Plaza de Trocadero, De Gaulle, arropado por las tropas británicas y un resto importante de su propio ejército, ya estaba organizando la recuperación de Francia al otro lado del canal de la Mancha. 


Hemos reunido ya los suficientes elementos como para volver al análisis de la coyuntura política. Empecemos con la cuestión de la guerra relámpago. Como hemos tenido oportunidad de constatar, se trata de un concepto estratégico mucho más elaborado de lo que da entender la palabra «relámpago». Decir que Podemos ha iniciado una guerra relámpago porque ha irrumpido como un relámpago en la vida política española, es tanto como decir que estamos de acuerdo con la teoría de la relatividad porque todo nos parece relativo. Puede que, en efecto, todo sea relativo, salvo el hecho de que no tenemos ni idea de lo que es la teoría de la relatividad. Por eso es importante profundizar en el concepto, ya que estamos de acuerdo con Pablo Iglesias y Manuel Monereo en que se trata de una descripción adecuada para la situación estratégica que ha iniciado Podemos. Veamos por qué. 

En primer lugar, porque nos encontramos ante la búsqueda de un resultado estratégico, que es la derrota del enemigo, la casta, a través de un medio operacional y táctico, que es la batalla concreta, la disputa por el poder en el escenario de una contienda electoral. Pablo Iglesias es muy claro: «Podemos nació para ganar las elecciones generales» y «ninguna batalla previa, por importante que sea, nos va a distraer de la principal» (Público, 03-05-2015). 

Con esto pasamos, en segundo lugar, a otro de los elementos que caracterizan a la Blitzkrieg: se trata de una estrategia que se despliega secuencialmente, y no simultáneamente. Podemos ha intentado cercar al enemigo a través de una serie de maniobras rápidas y audaces, distribuidas linealmente en torno a cuatro procesos electorales, y buscando marcar un ritmo exponencial de crecimiento. Primero, en mayo de 2014, las elecciones europeas. Diez meses después, las andaluzas. A continuación, cumplido el año, las autonómicas y municipales. Y como colofón, el último asalto, la batalla de la que ninguna de las anteriores debe distraernos: las elecciones generales. Hay una reducción clara, que refuerza lo que hemos dicho en primer lugar, del interés estratégico a la cuestión táctica de la toma del Congreso. Aparentemente, ganar las elecciones generales implica la derrota del enemigo. 

Esto tiene que ver con lo que diremos en tercer lugar, que es la diferencia que Manuel Monereo ha señalado entre corruptos y corruptores: «No me gusta el término casta. ¿Por qué? Porque no anuda, no engarza y no relaciona a los poderes económicos y mediáticos con la clase política. Parecería que la corrupción es cosa de los políticos y solo de ellos. ¿Y los corruptores?, ¿dónde están?, ¿quiénes son?, y ¿para qué compran los poderosos a los políticos?» (18-10-2014, Cuarto Poder). Es decir, la reducción del elemento estratégico a la cuestión táctica, esto es, de la derrota del enemigo a la conquista del Congreso, es solidaria del concepto de casta, que identifica al enemigo con los políticos corruptos, y por tanto, a la victoria, con la derrota de estos políticos en unas elecciones generales. 

A pesar de que en el relato de Podemos juega también un papel importante la crítica al sistema financiero, a los bancos o a la plutocracia, la combinación de estos dos elementos, la palabra casta y las elecciones generales como batalla principal, ha tenido como consecuencia lo que señalaba Manuel Monereo: la invisibilización de los corruptores. La batalla relámpago ha puesto en el centro de gravedad a los títeres, pero no a quien mueve los hilos. Y esto nos lleva a la cuarta consideración, que es la carencia de una concepción sistémica del enemigo. Solo de esta manera se puede confiar en que la derrota de uno de sus elementos implique necesariamente la aniquilación del conjunto. Porque la estructura del poder, o la trama, como dice Monereo, es mucho más amplia y compleja que la de los partidos políticos que están a su servicio. 


Retomemos ahora la cuestión de la guerra de posiciones. La Blitzkrieg de Podemos se ha encontrado con una resistencia radical. Desde los grandes medios de comunicación, los tribunales y las alcantarillas del Estado, el poder ha iniciado un contraataque que parece haber terminado con el sueño de una marcha triunfal. En lugar de avanzar, Podemos se encuentra estancado en el fango. La guerra ya no es una secuencia de maniobras audaces, sino una batalla que se libra palmo a palmo, una durísima guerra de posiciones. Como en la Batalla del Marne, la guerra relámpago se ha detenido allí donde el enemigo ha levantado una trinchera infranqueable. O al menos, es lo que parece. Porque el enemigo, en realidad, no ha cavado ninguna línea de trincheras. No estamos en la Batalla del Marne, sino en el frente ruso, donde la guerra relámpago se ha encontrado con la horma de su zapato: la batalla profunda. 


Podemos, en su disputa contra la casta, ha eludido el verdadero centro de gravedad de su adversario. Porque si algo ha quedado claro con las últimas operaciones judiciales es que el lugar donde el sistema extrae sus órdenes y recursos no es la sede de los partidos políticos, sino las oficinas mucho más discretas de las empresas que los financian. Pablo Iglesias abrió una vigorosa línea de frente en los medios de comunicación, pero mientras pulverizaba en esta primera línea la imagen de los políticos corruptos, los poderes que los alimentaban permanecían a salvo en la retaguardia profunda. Ellos no cometieron este error. Porque tras el desconcierto inicial de las elecciones europeas, idearon una estrategia orientada no a la excavación de trincheras en los medios de comunicación, sino a paralizar el centro de gravedad de Podemos. Ni los corruptores, ni los corruptos, se dejaron tentar por las múltiples solicitudes de comparecencia pública que les lanzó en vano Pablo Iglesias. Sus intenciones, fueron otras. 


No es difícil localizar el centro de gravedad de Podemos. Así como la trama del poder se caracteriza por ocultar los lugares en los que toma sus decisiones, Podemos ha sido transparente desde el principio. Es cierto que se han establecido varios procedimientos de participación popular. Pero el poder no es tan ingenuo como para confundir los círculos o las asambleas con el lugar donde se coordinan las decisiones importantes. El centro de gravedad de Podemos está constituido por un reducido número de personas, un grupo que no coincide exactamente con los promotores iniciales del proyecto, pero casi. Más que el Consejo Ciudadano, su expresión política más definida es el Consejo de Coordinación, las once personas que tienen en sus manos el timón de Podemos. Entre ellas, Carolina Bescansa, Iñigo Errejón, Luis Alegre, Pablo Iglesias y, hasta su dimisión reciente, Juan Carlos Monedero. 


Si el poder hubiera querido iniciar una guerra de posiciones contra Podemos habríamos visto a sus candidatos recoger el guante de Pablo Iglesias en los medios de comunicación («Estoy esperando que el presidente de mi país deje de ser un maldito avestruz y dé la cara», ha terminando diciendo el secretario general de Podemos). Pero solo comparecieron tertulianos sin ninguna proyección política, como Eduardo Inda o Francisco Marhuenda, porque el poder estaba mucho más interesado en hacer irrelevantes los recursos políticos de Podemos que en cebarlos a costa suya. Por supuesto que los medios de comunicación han desempeñado un papel importante en la estrategia contra Podemos. Pero no como una línea de trincheras destinada a contener su avance, sino como los puntos decisivos que permitían acceder a su centro de gravedad. El objetivo nunca fue colapsar a Podemos en el territorio que mejor se mueve, sino paralizar su centro de gravedad, crear un problema de comunicación interna para que fuera el propio Podemos quien se replegara con el fin de proteger su cabina de mando. 

Dos fuerzas distintas se desplegaron simultáneamente para conseguir este objetivo: por un lado, grandes operaciones mediáticas destinadas a desacreditar a sus miembros más relevantes. Por otro, un bombardeo sistemático de su centro de gravedad a través de una agresiva campaña de comunicación que lo vinculaba con el Gobierno de Venezuela. En el caso de Iñigo Errejón, la operación fue bastante seria. Podemos tuvo que dar muchas explicaciones sobre el contrato de investigación que el responsable de su Secretaría Política había firmado con la Universidad de Málaga. Pero donde los dos extremos del choque operacional lograron anudarse fue en torno a la persona de Juan Carlos Monedero. 

A finales de enero de 2015, las investigaciones abiertas por la Universidad Complutense y el Ministerio de Hacienda permitieron que la operación de desprestigio personal se conectara con la campaña en profundidad que los medios de comunicación desplegaban contra Podemos. El éxito de la batalla profunda no fue conseguir la cabeza de Juan Carlos Monedero, sino abrir a través suyo una brecha en el frente de comunicación que le permitió acceder al centro de gravedad de Podemos. Este fue el punto decisivo que marcó el declive de la guerra relámpago, porque Podemos se vio obligado a consumar su repliegue de los medios de comunicación para atajar su incipiente estado de desorganización interna. Sin duda, se trataba de una retirada provisional. Pero sus adversarios no necesitaron mucho tiempo para rellenar el asiento vacío. Las parrillas de televisión, el espacio estratégico que con tanta audacia había conquistado Pablo Iglesias, fueron ocupadas casi al instante por la fuerza política que el poder había invocado para sacarle las castañas del fuego: Ciudadanos. 


Que Podemos no lo viera venir, es producto de su confianza en las virtudes de la guerra relámpago, pero también de su desconocimiento de los principios de la batalla profunda. Si se hubiera distanciado de la primera y dejado conducir por la segunda, habría logrado evitar varios errores importantes. Uno de ellos, confundir al Régimen con los partidos del Régimen. La trama que se agazapa detrás del bipartidismo es perfectamente capaz de sobrevivir al bipartidismo. Porque mientras su centro de gravedad permanezca intacto, el sistema no tendrá muchos problemas para reemplazar sus partes dañadas. 

Esta es la razón por la que la estrategia operacional de la guerra relámpago no permite reconocer la verdadera realidad de la situación, que no es la de una fuerza impetuosa marchando triunfalmente sobre un enemigo en retirada, sino la de un enemigo que se pone a salvo mientras conduce a las fuerzas de su adversario a una ratonera. Hemos dicho que Podemos no ha abandonado, a pesar de las declaraciones de su secretario general, la estrategia de la guerra relámpago. Esto es algo que se desprende de su propia retórica, instalada todavía en una guerra escalonada de movimientos que debería conducir, elección tras elección, a la toma del poder. 

Pero la guerra de posiciones, fuera del campo de la hegemonía social, no sirve para dar cuenta de una estrategia que sigue buscando la victoria en una batalla de aniquilación. La impresión es la de que Podemos, ante la situación de estancamiento en la que se encuentra, se siente más incómodo con la palabra «relámpago» que con la estrategia, y ha decidido cambiar la palabra, pero conservar la estrategia. 


Desde el punto de vista de la batalla profunda, Podemos debería asumir otra clase de cambios. Para empezar, reorganizar sus operaciones políticas teniendo en cuenta que el centro de gravedad de su adversario no se encuentra en el frente de comunicación, sino en la retaguardia profunda, y que solo podrá acceder a esta retaguardia si combina sus intervenciones mediáticas con un ataque sostenido sobre el núcleo estructural de la trama, que es, como señala Monereo, «la cúspide del poder corporativo y mafioso de las finanzas» (18-10-2014, Cuarto Poder). 

 En este sentido, el actual presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en cuyo currículo figura haber sido dirigente de Goldman Sachs, o el ministro de Economía, Luis de Guindos, antiguo director de la filial en España y Portugal de Lehman Brothers, ofrecen un flanco mucho más vulnerable para acceder al corazón de la trama que Mariano Rajoy o Pedro Sánchez. Pero si hay algo que debería enseñarnos la fulminante irrupción de Ciudadanos (además de que Podemos no tiene el monopolio de los relámpagos), es que los tentáculos de la trama están demasiado instalados en la industria de la comunicación como para ser ingenuos al respecto. Por tanto, es necesario ampliar la línea del frente. 

Y en este sentido tiene razón Miguel Urbán cuando dice que Podemos tiene que tener «mil pies en las calles», de acuerdo a las prácticas y el «estilo» del 15M, las mareas y, en definitiva, el conjunto de la movilizaciones sociales (04-05-2015, Público). No se trata de que Iglesias esté equivocado cuando señala la importancia estratégica de construir un relato coherente, capaz de disputar la centralidad del tablero político (20-04-2015, Público). Sino de que las dos posturas que representan Urbán e Iglesias están condenadas a entenderse, porque hace falta un relato que inspire a la movilización social, pero hace falta también una movilización social que sostenga al relato. No se puede prescindir de los medios de comunicación, pero tampoco se puede esperar que hagan el trabajo que corresponde a los movimientos sociales. En resumen, comunicación y movilización deben ir de la mano, pero no subordinando la movilización a las necesidades de la comunicación, sino poniendo la comunicación al servicio de la movilización. 


Esto nos lleva a nuestra última consideración, no por ello, menos importante. La batalla profunda implica también una carácter defensivo, porque identifica dónde se encuentran los elementos estratégicos propios cruciales que deben ser protegidos del ataque del enemigo (Somiedo García, 2013, 5-6). Podemos, al concentrar su estructura de dirección, ha ganado en operatividad lo que ha perdido en seguridad. Mientras que la trama del poder se esfuerza por difuminarse y permanecer en un segundo plano, Podemos se ha empleado a fondo para conseguir justo lo contrario: constreñir su centro de gravedad y exponerlo públicamente. 

Pero se trata de dos cosas distintas. La transparencia es un valor político al que conviene aferrarse, pero la concentración del poder, en el sentido de estrechar los límites de su reparto, conlleva más riesgos que beneficios. Hay muchas razones por la que Podemos debería ganar en horizontalidad, pero una de ellas es puramente estratégica. Ampliar los ámbitos de decisión, fomentar la pluralidad interna, establecer alianzas con otros actores políticos y sociales, no solo contribuirá a mejorar su funcionamiento democrático, lo cual ya de por sí redundará en beneficio de sus vínculos con el movimiento social, sino que hará más fuerte a su dirección, porque tendrá más recursos, y mejor distribuidos, con los que afrontar las situaciones de riesgo. La batalla profunda contra Podemos no se detendrá con Juan Carlos Monedero, sino que es previsible que continúe buscando nuevos puntos de penetración entre sus figuras más destacadas. 


La unidad popular debe tener un centro de gravedad, pero los que interpretan de manera estrecha el sentido de la palabra centro andan tan desencaminados como los que reducen la unidad del pueblo a la simple unidad. El pueblo no habita en un solo lugar, y su centro de gravedad, tampoco debería hacerlo. 

(*) Miembro de IU-Verdes en la Región de Murcia


Nota:

Los datos sobre el arte operacional soviético y la Blitzkrieg alemana los hemos obtenido fundamentalmente de J. Veramendi y J. P. Somiedo en los artículos señalados en la bibliografía. Una información más detallada se puede encontrar en Naveh (1997). Todas las extrapolaciones e interpretaciones políticas que realizamos aquí a partir de estas informaciones son evidentemente responsabilidad nuestra. 


Bibliografía:

Gramsci, A. (1980), Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, traducción y notas, José Aricó, Madrid, Ediciones Nueva visión.

Naveh, S. (1997), In Pursuit of Military Excellence. The evolution of operational theory, Cummings Center Series.

Somiedo García, J. P. (2013), «Simultaneidad operativa y su aplicación a operaciones no lineales de amplio espectro y a la lucha contraterrorista», en Documentos de Opinión, nº 85, Instituto Español de Estudios Estratégicos. 


Fuentes de información electrónicas [obtenidas en consulta del 17-05-2015]:

De Cuarto Poder [http://www.cuartopoder.es/]:

Monereo, M. (05-05-2015), «Podemos y la táctica de los generales rusos».


De GEHM. Grupo de Estudios de Historia Militar [http://www.gehm.es/]:

Veramendi, J. (30-01-2013), «El Arte Operacional del Ejército Rojo».




— De Público [http://www.publico.es/]:

Iglesias, P. (20-04-2015), «La centralidad no es el centro».


Urbán, M. (04-05-2015), «Podemos. Debates y elecciones». 

viernes, 13 de febrero de 2015

El piloto y las multitudes / Ramón Cotarelo *

Estuvo bien la conferencia de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya), aunque no me corresponda a mí decirlo. En todo caso, dio lugar a un animado coloquio que duró más que la propia conferencia, lo cual es siempre buena señal porque quiere decir que el auditorio no está deseando perder de vista al conferenciante.

Como no parece razonable ponerse a explicarla aquí, he decidido transcribir mi esquema-guión. Falta, por desgracia, el apoyo de las imágenes, siempre muy ilustrativas, pero, al menos, puede seguirse el hilo del razonamiento.


El piloto.
La definición de política de Easton sigue siendo válida: distribución social de valores materiales e inmateriales realizada por quien tiene autoridad para ello. La autoridad recae en los gobernantes. Es la división clásica y esencial de la política: gobernantes y gobernados. Entre el piloto y la tripulación y el pasaje. Es la idea platónica del filosofo rey.

El piloto está en posesión de un saber superior, generalmente arcano, monopoliza la información, lo que le permite orientar a los demás.

Los órdenes políticos se representan siempre como pirámides. Como jerarquías. Moisés: el líder por antonomasia, caudillo de pueblos, el héroe, ocupa la cúspide de la pirámide.

Todos los órdenes políticos son piramidales: la República Romana, el orden medieval, el Estado de derecho.

Las multitudes.
En la Edad Moderna, que arranca con la imprenta, se rompe el monopolio de la información y esta se difunde. Y con la ilustración, hija de la imprenta, surge una situación distinta. El ser humano titular de derechos emerge como un sujeto colectivo, la ciudadanía. Spinoza ya había hablado de multitudes. La forma política de la ciudadanía es el sufragio universal, lo que levanta la polémica sobre la capacidad de las masas para gobernarse. Surgen las teorías de las élites (Pareto, Mosca, Ortega). Una versión radical constituye a una parte de las masas, la clase obrera, en sujeto de la historia. El sujeto colectivo ¿es la clase o es la nación?

Pero ¿hay sujetos colectivos? ¿Hay conciencia de clase o espíritu del pueblo? Parecen constructos de la nueva élite: los intelectuales. Karl Mannheim y las ideologías. El intelectual orgánico gramsciano. La emancipación ¿de clase, racial o nacional?

Articulación de las multitudes en redes (Castells). Redes distribuidas: democracia deliberativa, horizontalidad y organización espontánea. Internet como segunda revolución de la imprenta y universalización de la información, gratis y en tiempo real. Las multitudes inteligentes (Rheingold) son el relevo por el fracaso de los sujetos colectivos.

Información y comunicación.
La universalización de la información se sigue en la de la comunicación con la supresión de las barreras lingüísticas y la gestión de una información cada vez más compleja.

El cruce de cibernética y redes da la ciberpolítica en donde la información, su correcta interpretación es básica, apoyada en la Teoría General de Sistemas y los sistemas autopoyéticos. Basta con ver la expansión por etapas, según se ampliaron los medios de comunicación: 1) organizaciones sociales civiles; 2) nuevos movimientos sociales; 3) multitudes inteligentes en procesos des autoorganización y conservación.

La comunicación alcanza niveles exponenciales con la universalización de las redes sociales, que son el banco de prueba de la teoría habermasiana de la acción comunicativa. La cuestión de si ésta ha sido validada o falsada queda abierta.

La capacidad de asimilar información de complejidad creciente, la acción política digital, la viralización de la política 2.0, la coordinación a través de las redes distribuidas, configuran las multitudes inteligentes como confluyendo en una inteligencia colectiva, supuestamente propia de una sociedad emancipada. El inconveniente es que la inteligencia es siempre un atributo del individuo y que, el hecho de que hayan fracasado todos los sujetos colectivos propuestos a lo largo de la historia (creyentes, pueblos, proletarios, razas) no da mayor sustancialidad a una inteligencia colectiva que, aunque simulada como tal, seguirá siendo pura agregación de inteligencias individuales. El avance es que, ahora, en principio, contamos con todas.

Futuro.
¿Autogobierno de las multitudes o seguirán siendo necesarios los pilotos y de qué tipo?

Sueño kantiano de una cosmópolis con una opinión pública mundial.
 
(*) Profesor de Ciencia Política en la UNED (España)

domingo, 4 de enero de 2015

¿Una tercera guerra mundial? / Boaventura de Sousa Santos *

Todo indica que se está preparando una tercera guerra mundial, si entendemos por “mundial” una guerra que tiene su principal teatro de operaciones en Europa y repercute en diferentes partes del planeta. Es una guerra provocada unilateralmente por los Estados Unidos, con la complicidad activa de Europa. Su blanco principal es Rusia y, en forma indirecta, China. El pretexto es Ucrania. 

En un raro momento de consenso entre demócratas y republicanos, el Congreso estadounidense aprobó, el 4 de diciembre pasado, la Resolución 758, que autoriza al presidente a adoptar medidas más agresivas para sancionar y aislar a Rusia, a proporcionar armas y otro tipo de apoyo al gobierno de Ucrania y a fortalecer la presencia militar de EE.UU. en los países vecinos de Rusia. 

La escalada de provocaciones a Rusia tiene varios componentes que, en conjunto, constituyen una segunda Guerra Fría. A diferencia de la primera, en ésta Europa es un participante activo, aunque subordinado a EE.UU., y ahora se asume la posibilidad de una guerra total y, por lo tanto, nuclear. Varias agencias de seguridad ya están haciendo planes para el día después de un enfrentamiento nuclear.


La provocación occidental tiene tres componentes: sanciones para debilitar a Rusia, instalación de un gobierno satélite en Kiev y guerra de propaganda. Las sanciones son conocidas. La más insidiosa es la bajada del precio del petróleo, que afecta de manera decisiva las exportaciones rusas, ya que el petróleo es una de las principales fuentes de financiación del país. El presupuesto de Rusia para 2015 fue elaborado previendo que el barril de petróleo iba a costar 100 dólares. La reducción del precio, combinada con otras sanciones y con la devaluación del rublo, agravará peligrosamente el déficit presupuestario. 

Además, esta reducción ocasionará graves problemas en otros países considerados hostiles (Venezuela, Irán y Ecuador). La reducción del precio del petróleo es posible gracias al pacto celebrado entre EE.UU. y Arabia Saudí, a través del cual EE.UU. protege a la familia real (odiada en la región) a cambio de que se mantenga la economía de los petrodólares (transacciones mundiales de petróleo en dólares), sin la cual el dólar colapsaría como reserva internacional y, con él, la economía de EE.UU., el país con la mayor y más obviamente impagable deuda del mundo.


El segundo componente de la provocación es el control total del gobierno de Ucrania, para transformar este país en un Estado satélite. El respetado periodista Robert Parry informa que la nueva ministra de Finanzas de Ucrania, Natalie Jaresko, es una ex funcionaria del Departamento de Estado, una ciudadana estadounidense que obtuvo la nacionalidad ucraniana días antes de asumir el cargo. Hasta ahora presidió varias empresas financiadas por el gobierno norteamericano, creadas para trabajar en Ucrania. 

Ahora se entiende mejor la explosión, en febrero pasado, de la secretaria de Estado norteamericana para Asuntos Europeos, Victoria Nulland: “A la mierda la Unión Europea”. Lo que quería decir era: “¡Maldición! Ucrania es nuestra. Pagamos para eso”. 

El tercer componente es la guerra de propaganda. Los grandes medios de comunicación y sus periodistas están siendo presionados para difundir todo lo que legitime la provocación occidental y para ocultar todo lo que la ponga en cuestión. Los mismos periodistas que, después de mantener reuniones en Washington y en las embajadas de Estados Unidos, llenaban las páginas de los diarios con la mentira de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, ahora las llenan con la mentira de la agresión de Rusia contra Ucrania.


Pido a los lectores que imaginen el escándalo mediático que estallaría si se supiera que el presidente de Siria nombró ministro a un iraní al que días antes había concedido la nacionalidad siria. O que comparen el modo en que se informó sobre las protestas en Kiev en febrero pasado y sobre las protestas en Hong Kong en las últimas semanas. O que evalúen la relevancia que se le dio a la declaración de Henry Kissinger, para quien es temerario que se esté provocando a Rusia. 

Otro gran periodista, John Pilger, dijo recientemente que si los periodistas hubiesen resistido la guerra de propaganda, quizá se podría haber evitado la guerra de Irak, en la que ya murieron 1.455.590 iraquíes y 4.801 soldados estadounidenses. ¿Cuántos ucranianos morirán en la guerra que se está preparando? ¿Y cuántos no ucranianos?


¿Estamos en democracia cuando el 67 por ciento de los estadounidenses está en contra de la entrega de armas a Ucrania y el 98 por ciento de sus representantes votó a favor? ¿Estamos en democracia cuando los países europeos en la OTAN son conducidos, a espaldas de los ciudadanos, hacia una guerra contra Rusia en beneficio de los Estados Unidos? ¿O cuando el Parlamento europeo sigue con sus cómodas rutinas mientras están preparando al continente para ser el próximo teatro de guerra y a Ucrania, la próxima Libia?


Las razones de la locura


Para entender lo que está pasando, es necesario tener en cuenta dos hechos: la declinación de Estados Unidos como país hegemónico y el negocio altamente rentable de la guerra. La declinación del poder económico-financiero de EE.UU. es cada vez más evidente. Después del 11 de septiembre de 2001, la CIA financió el llamado Proyecto Profecía, diseñado para prever posibles nuevos ataques contra EE.UU. a partir de movimientos financieros extraños y de gran envergadura. 

Con diferentes formas, ese proyecto ha continuado y uno de sus participantes prevé un próximo crash del sistema financiero a partir de las siguientes señales: Rusia y China, los mayores acreedores de EE.UU., han estado vendiendo los títulos del Tesoro estadounidense y, en cambio, han estado comprando enormes cantidades de oro; extrañamente, esos títulos vienen siendo adquiridos en grandes cantidades por misteriosos inversores belgas, y muy por encima de la capacidad de este pequeño país; tanto Rusia como China están utilizando cada vez más sus monedas y no los petrodólares en las transacciones de petróleo (todos recuerdan que Saddam y Khadafi intentaron utilizar el euro y el precio que pagaron por esa osadía); finalmente, el FMI se prepara para que el dólar deje de ser, en los próximos años, la moneda de reserva y sea sustituido por una moneda global, los SDR (derechos especiales de giro, por su sigla en inglés). 

Para los creadores del Proyecto Profecía, todo esto indica que un ataque contra EE.UU. está cerca y que, para defenderse, los norteamericanos deben mantener los petrodólares a toda costa, asegurándose un acceso privilegiado al petróleo y al gas, deben contener a China y debilitar a Rusia, para lo que lo ideal sería provocar su desintegración, al estilo de Yugoslavia. Curiosamente, los “expertos” que ven en la venta de deuda una actitud hostil por parte de potencias agresoras son los mismos que aconsejan a los inversores estadounidenses proceder de la misma manera, es decir, deshacerse de los títulos públicos, comprar oro e invertir en bienes sin los cuales los seres humanos no pueden vivir: tierra, agua, alimentos, recursos naturales, energía.


Transformar las obvias señales de declinación en previsiones de agresión busca justificar a la guerra como medio de defensa. Hoy la guerra es altamente rentable debido a la superioridad de EE.UU. en la conducción bélica, el suministro de equipamiento y los trabajos de reconstrucción. Y la verdad es que, como escribió Howard Zinn, EE.UU. ha estado constantemente en guerra desde su fundación. Además, a diferencia de Europa, la guerra nunca se libra en suelo estadounidense, salvo, claro, que se trate de una guerra nuclear. El 14 de octubre pasado, The New York Times difundió un informe de la CIA sobre el suministro clandestino e ilegal de armas y el financiamiento bélico en los últimos 67 años en muchos países, entre ellos Cuba, Angola y Nicaragua. Noam Chomsky dijo que ese documento sólo podía tener el siguiente título: “Sí, nos declaramos como el Estado terrorista más importante del mundo. Estamos orgullosos de eso”.


Un país en declive tiende a volverse caótico y errático en su política internacional. Immanuel Wallerstein dice que los EE.UU. se transformaron en un cañón descontrolado, un poder cuyas acciones son imprevisibles, incontrolables y peligrosas para sí mismos y para los demás. La consecuencia más dramática es que esta irracionalidad repercute y se intensifica en la política de sus aliados. Al dejarse envolver en esta nueva Guerra Fría, Europa no sólo actúa contra sus propios intereses económicos, sino que pierde la relativa autonomía que había logrado construir en el plano internacional después de 1945. 

 Europa tiene todo el interés en seguir intensificando sus relaciones comerciales con Rusia y en contarla como proveedora de petróleo y gas. Las sanciones contra Rusia pueden llegar a afectar más a Europa que a Rusia. Al alinearse con el militarismo de la OTAN, donde EE.UU. tiene total preponderancia, Europa pone su economía al servicio de la política geoestratégica norteamericana, se vuelve energéticamente más dependiente de EE.UU. y sus estados satélites, y pierde la oportunidad de ampliarse con la entrada de Turquía en la Unión Europea. Y lo más grave es que esta irracionalidad no es un mero error de evaluación sobre los intereses de los europeos. Es muy probablemente un acto de sabotaje por parte de las élites neoconservadoras europeas para volver a Europa más dependiente de EE.UU., tanto en el plano energético y económico como en el plano militar. Por eso, la profundización de la participación en la OTAN y el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y EE.UU. (la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión) son las dos caras de la misma moneda.


Puede argumentarse que la nueva Guerra Fría, tal como la anterior, no desembocará en un enfrentamiento total. Pero no olvidemos que, cuando comenzó, la Primera Guerra Mundial fue considerada una escaramuza que no duraría más que unos pocos meses. Duró cuatro años y costó entre 9 y 15 millones de muertes.

(*) Doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático en la Universidad de Coímbra.

sábado, 20 de diciembre de 2014

El océano Pacífico en las estrategias mundiales / Ramón Tamames *

Abordamos el tema con las primeras cuestiones: antecedentes en el dominio del mayor océano del planeta, y configuración de APEC como núcleo de nuevas iniciativas para procesos de cooperación e integración económica.

1. EL DOMINIO DEL PACÍFICO
Como el autor de este ensayo ha expuesto más detenidamente en otro lugar1, a partir de la conquista y colonización de Filipinas por España, se establecieron las bases de un intenso comercio entre Europa y China, a través de una auténtica nueva Ruta de la Seda marítima.
Desde los puertos del Celeste Imperio, Japón y el actual Vietnam, llegaban a Manila toda clase de cargamentos de seda, marfiles, porcelanas, algunas especies muy selectas, maderas preciosas, etc. Que en el Galeón de Manila o Nao de la China, y siguiendo la ruta de Urdaneta del Pacífico Norte, iban desde la capital de las Filipinas españolas a Acapulco (en la Nueva España, México), para después atravesar el istmo mesoamericano al puerto atlántico de Veracruz, y seguir posteriormente los tráficos hacia Sevilla.
Esa fue la ruta comercial más larga de la Historia hasta el siglo XIX. Con viajes anuales nada menos que durante 254 años, entre 1565 y 1819, cuando se cortó el tráfico por los movimientos independentis-tas en México. Eran los tiempos en los que el historiador O.H.K. Spate llamó The Spanish Lake2 al Océano Pacífico.
En cuanto a la apreciación por EE.UU. de la importancia del Pacífico se debe en buena medida a William Henry Seward, Secretario de Estado de Abraham Lincoln desde 1861, al ganar el partido republicano las elecciones presidenciales. Y sería Seward quien tras morir Lincoln en 1867, negoció la compra de Alaska a los rusos, lo que significó un reforzamiento de la posición de EE.UU. respecto al gran Océano. Como también procedieron de Seward los impulsos para la apropiación de las Islas Hawái y de Midway, ocupándose así el centro del escenario de todo el Pacífico.
Seward incluso llegó a predecir que la cuenca de ese inmenso mar (más extenso que todas las tierras emergidas por sus 165 millones de km2 de superficie), llegaría a ser más importante para el tráfico comercial que acotado por las riberas del Atlántico, entre Europa y las Américas. Todo ello con una lógica contundente: primero fue el Mediterráneo el océano de la civilización grecorromana y medieval, luego el Atlántico se convirtió en el gran escenario de los primeros grandes descubrimientos, y al final el Pacífico sería el culmen del comercio mundial. En este último caso, y en la inmediata postguerra de 1945, con una dinámica que se inició por la bipolaridad Japón/EE.UU., a la que ahora sucede la de EE.UU./China3.
Más recientemente aún: Lee Kuan Yew, fundador del estado-ciudad de Singapur a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, dijo en cierta ocasión que, “quien domine el Pacífico, dominará el mundo”.

2. LA APEC Y SUS AVANCES HASTA EL TPP
Tras las referencias hechas hasta aquí sobre la importancia del Pacífico en la historia económica mundial, hemos de subrayar que desde los años 80 del siglo pasado, se ha trazado un nuevo mapa de relaciones económicas internacionales. Por el espectacular crecimiento económico en la orilla asiática del Pacífico y en la costa de ese mismo océano de las Américas, de Norte a Sur, de Alaska a Chile.
Ese desarrollo del comercio tuvo su primera gran manifestación entre EE.UU. y Japón, y con el crecimiento ulterior de China y del Sudeste Asiático, se recreció hasta superar el comercio transatlántico. Siendo enteramente lógico que, en esas circunstancias, y en un momento dado, se alcanzara algún tipo de formación política internacional para la cooperación económica en el amplio área a que nos referimos. Eso es lo que sucedió con la APEC (Asia/Pacific Economic Cooperation o Cooperación Económica de Asia y el Pacífico).
El acta fundacional de la APEC data de la reunión celebrada en la capital federal de Australia, Camberra, en noviembre de 1989. A la cual asistieron representantes de ambas orillas del Pacífico; alentados en sus propósitos por el espectacular progreso del comercio recíproco, que desde una década antes ya había desbordado el intercambio transatlántico entre América del Norte y Europa4.
Los Estados miembros fundadores de la APEC fueron: Australia, Bru-nei, Canadá, China, Corea del Sur, EE.UU., Filipinas, Hong Kong –desde 1997 reincorporada a China—, Indonesia, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea, Singapur, Tailandia, Vietnam y Taiwán (que ingresó con el nombre de China Taipei). Esos 18 países disponían, en 1994, del 37 por 100 de la población mun-dial, practicaban el 40 por 100 del comercio (más que el interregional de la Unión Europea), y suponían algo más de la mitad del producto interior bruto mundial. Años después, en 2012, ingresó Rusia, y para 2014, el PIB global de la organización subió hasta el 55 por 100 del mundial.
En la cumbre de Manila de 1996, se firmó un Plan para la Acción suscrito para la eliminación progresiva de los obstáculos al comercio; empezando por la rebaja de las tarifas arancelarias, en la idea de situarlas en un máximo del 15 por 100 ad valorem antes del año 2000, con el objetivo final de eliminarlas por entero antes del 2010 para los socios industrializados del grupo, y no más tarde del 2020 para las economías en desarrollo de la zona.
El Plan de Manila-96, incluyó otros programas de actuación para di-versidad de ámbitos de las técnicas comerciales: normalización de procedimientos de aduanas, especificaciones sobre propiedad intelectual, mayor competencia en los mercados, etc. Además, en el Plan se previó la identificación de una «lista de sectores importantes cuya reducción arancelaria entrañaría un mayor crecimiento económico para el área; y de otra de sectores básicos en los que la desaparición de barreras no arancelarias tendrían un impacto favorable para la economía y el comercio». Asimismo, se acordó toda una serie de medidas para facilitar las transacciones, conocidas como iniciativas pioneras (endorsed pathfinder iniciatives), al objeto de agilizar los trámites en aduanas, telecertificación, y comercio electrónico.
De cara al horizonte de integración económica, dentro de los Estados americanos de la APEC, surgió, por el impulso especial de EE.UU., la idea de ir, según lo previsto en los trabajos de la APEC, a una Trans-Pacific Strategic Economic Partnership, TPP (Partenariado Económico Estratégico Trans-Pacífico), aunque inicialmente el proyecto se consideró en numerosas instancias como un intento de EE.UU. de conseguir un contrapeso comercial al creciente poderío económico de China.
Ese acuerdo de zona de libre comercio que se firmó en Singapur el 3 de junio de 2005 y entró en vigor el 28.V.200624. Originariamente formada por Brunei, Chile, Nueva Zelanda y Singapur, después se han agregado al TPP otros seis países: Australia, Malasia, Perú, Japón, EE.UU., y Vietnam.
Terminaremos ocupándonos de las nuevas estrategias de cooperación e integración económica que están surgiendo a partir de APEC.

1Ramón Tamames, Vasco Núñez de Balboa y el Mar del Sur. Navegaciones y conquistas en los siglos XVI a XIX, Autoridad del Canal de Panamá, 2013
2O.H.K. Spate, The Spanish Lake, ANU E Press, 2010
3The Economist, “The Pacific Age”, Special Report. The Pacific, 15.XI.2014
4Ramón Tamames (Coord.), La economía internacional en el siglo XXI, Mediterráneo Económico, noviembre 2012

II 

Tras haber examinado previamente la creación de APEC y sus primeros avances, veremos las tres opciones que se abren para crear la gran zona de libre comercio del Pacífico, que será la mayor del mundo.

3. LAS OPCIONES PARA EL LIBRE COMERCIO EN EL PACÍFICO
Tras lo ya examinado sobre APEC, y considerado también el trasfondo global del Pacífico, subrayaremos que en estos momentos hay en liza en el área que nos ocupa tres proyectos diferentes de zonas de libre comercio, que se presentan con los siguientes nombres y contenidos1:

*TTP, según lo ya expuesto.
*FTAAP-21 (Free Trade Area Asia-Pacific, esto es, Área de Libre Comercio Asia-Pacífico), que es la iniciativa china planteada en Pekín, con ocasión del encuentro de APEC de noviembre de 2014.
*RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), proyecto que se relaciona con la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), en la idea unirse aduaneramente con Corea del Sur, Japón y China: ASEAN+3.

En el gráfico que figura a continuación, se ve como las tres áreas tienen zonas secantes, figurando en cada una de ellas los socios que ya son parte de las mismas, o que previsiblemente lo serán en el futuro.

De las tres fórmulas de áreas comerciales especificadas en el gráfico, la más avanzada es la TTP, a la que ya nos hemos referido; y que en cierto modo está copromovida por EE.UU. y Japón, y que incluye un total de doce países, que configuran un conjunto con el equivalente al 40 por 100 del PIB mundial.

Desde el TTP, se quiere atraer a China, en la idea muy ambiciosa de EE.UU. de que el conglomerado del Pacífico así configurado, se relacionaría con el esquema TAFTA (Trans Atlantic Free Trade Area, zona de libro comercio transatlántica), incluyendo, pues, todo el Pacífico más la Unión Europea.

En lo concerniente al FTAAP-21 es, con mucho, el más ambicioso propósito de los que estamos contemplando, pues incluiría a todos los países ribereños del Pacífico (23). Lo que haría del tratado resultante un acuerdo de gran envergadura: los doce Estados miembros del TTP, más cinco del RCEP. El acuerdo FTAAP-21 es por el momento una mera formulación china, que choca con el TTP de EE.UU./Japón. Siendo posible que a través de negociaciones, ambas áreas pasaran a ser una sola.


ACUERDOS COMERCIALES EN EL PACÍFICO


 (The Economist, “The Pacific Age”. Special Report, 15.XI.2014)

Por último, el RCEP, se corresponde, como ya se ha observado ante-riormente, con un planteamiento hecho por la ASEAN, abarcando sólo países asiáticos y del Pacífico Sur, pero no la orilla americana del gran océano. No obstante, el tratado que daría nacimiento a esta organización, está todavía por firmarse, tras las negociaciones iniciales de la ASEAN+3.

En cualquier caso, está claro que los países del Pacífico se encuentran ya en absoluta disposición para facilitar su intercambio recíproco, con medidas de supresión de barreras aduaneras, cualquier clase de impuestos a la exportación, limitaciones cuantitativas, etc. E incluso, en el caso del TTP, además del comercio de mercancías, se incluyen todos los demás temas de que se ocupa la Organización Mundial de Comercio, a través de sus diversas regulaciones vigentes: GATT (comercio de mercancías), GATS (comercio de servicios), TRIMS (movimiento de capitales), TRIPS (movimientos de propiedad intelectual), FS (servicios financieros) y TICs (telecomunicaciones e información).

En esa dirección de fusión TTP/FAAP-21, Obama instó a los líderes de la cuenca del Pacífico, en la reunión APEC de noviembre de 2014 en Pekín, a que ayuden a superar los obstáculos que quedan en la ruta que ha de llegar a un gran bloque comercial regional2.

Habrá, pues, una negociación entre los dos mayores proyectos antes examinados, incluso incluyendo el tercero. Para, a la postre, llegar a un acuerdo omnicomprensivo; que Obama ya tiene intención de relacionar con sus negociaciones por la TAFTA (Trans-Atlantic Free Trade Area), que abrirían una fase de intensificación comercial entre Europa y Norteamérica.

Y así termina el presente artículo, sobre lo que está sucediendo en el gran Océano Pacífico, a través del cual se mueve hoy el mayor tráfico económico de todas clases entre sus países ribereños. En lo que es un movimiento de gran interés, también político, que puede ayudar mucho a mitigar las tensiones manifiestas entre China y otras naciones asiáticas; y sobre todo con EE.UU.

1The Economist, “The Pacific Age”, Special Report. The Pacific, 15.XI.2014
2Shawn Donnan, “Obama urges Pacific Rim trade deal”, Financial Times, 11.XI.2014

(*) Catedrático de Estructura Económica en la Universidad Autónoma de Madrid