sábado, 1 de diciembre de 2012

¡No estoy de acuerdo! / Santiago Niño Becerra *


Estoy en total desacuerdo con ciertas palabras que el pasado día 28 pronunció en Bruselas el Sr. Comisario de la Competencia cuando abordó la reducción del exceso de capacidad de las entidades financieras que van a ser ‘ayudadas’; y sé que soy de los poquísimos que no está de acuerdo.

Dijo el Sr. Joaquín Almunia al referirse a los culpables de lo que ha sucedido en el sistema financiero europeo (español, en este caso): “Los que gestionaron mal las entidades. Nos saldría una lista relativamente larga”; y cuando lo hizo a la poda de negocios que tendrán que hacer esas entidades ‘ayudadas’: “La historia ha demostrado que no son capaces de operar de manera eficiente en actividades de riesgo. Hay que impedirles regresar a prácticas insostenibles”. (El País 29.11.2012, Pág. 26). Por tercera vez: no-estoy-de-acuerdo.

Vamos a ver. Las hemerotecas, sonotecas y videotecas están repletas de declaraciones majestuosas de políticos y expertos en relación a lo sólido, lo fantástico, lo maravilloso, lo excepcional, que era el modelo bancario español, tan genial era que podía servir de espejo en el que mirarse otros reguladores del mundo mundial y otras legislaciones regulaciones del extranjero. Y esas alabanzas eran, mayoritariamente no españolas. ¿Qué fue de aquella música laudatoria?. ¿Dónde está ahora?.

La verdad pura y dura, la verdad amarga, es que estos horrores que ahora se denuncian fueron prácticas y procederes alabados en el pasado porque era la única forma de que el planeta creciese, de que España fuese bien, de que la actividad económica siguiese creciendo, los ingresos públicos aumentando, y el modelo de protección social expandiéndose, a fin de que una ciudadanía feliz y confiada consumiese a golpe de crédito, y de que votase lo conveniente en un clima de paz social teñido por tonos de propuestas éticas y responsables.

Es decir, lo que prácticamente nadie reconoce hoy es que si esos sujetos hoy calificados de irresponsables no hubieran gestionado las entidades financieras como lo hicieron, ni España ni ningún otro país hubiese crecido lo que creció. Ahora esos individuos pueden ser escarnecidos y lapidados en la plaza pública, pero fue gracias a ellos que ‘El mundo fue bien’ … ¡por eso se les permitió que actuasen como actuaron!, ¿o es que todo el planeta se volvió tan subnormal que no vio de que forma y a qué velocidad estaba creciendo la deuda total?. Pienso (lo pienso de verdad) que lo que tenía que haber dicho el Sr. Miguel Blesa en su comparecencia del día 28 tenía que haber sido una sola frase, y muy breve: ‘Lo que yo y mi consejo hicimos contribuyó a que España fuese bien ya que si no lo hubiésemos hecho no hubiese ido bien’.

¿Es escandaloso lo que estoy diciendo?. Repasen los datos de la economía española de aquella época: cuanto mejor iba España más empeoraba su productividad, peor pintaba su saldo exterior, más diferencia había entre la inflación de aquí y la de allá. ¿Cómo demonios puede crecer una economía a tasas del 4% anual si depende del exterior en todo?, pues a base de que entren ríos de dinero en ese país y que alguien lo reparta entre quienes sea para que esos quienes sea lo gasten en lo que quieran. Bien, pues esos sujetos fueron los encargados de repartir esa pasta entre esos enfebrecidos consumidores de lo que sea, desde viviendas a tornos comandados por control digital, pasando por Audis A6 y acabando por naves industriales. ¡Y-así-España-creció!. Y por ello España recibió parabienes y felicitaciones.

¿Quiere el Sr. Almunia hablar de mala gestión?. ¿Por qué no se pregunta porqué se permitió todo aquello?, y no, no me estoy refiriendo al Banco de España y a otros reguladores. Estoy convencido de que la Historia demostrará que los bancos centrales advirtieron por activa y por pasiva de lo que estaba sucediendo y de que avisaron de lo que podía suceder, pero había que crecer: no había que poner ningún palo en ninguna rueda. Y bueno, se creció.

Y como esos elementos lo hicieron mal, hay que impedir que vuelvan a hacer lo que hicieron, pero no sólo ellos, también las entidades que tan malsanamente dirigieron. ¿Si?. ¿Por qué?.

Aquellas prácticas bancarias tan nefastas hicieron posible el crecimiento, es decir, fue por ellas por lo que se creció lo que se creció (y que nadie venga ahora diciendo que se creció demasiado). Aquellas prácticas hoy parecen criminales: conceder una capacidad de endeudamiento casi ilimitada a alguien con una renta muy limitada, dar un super crédito hipotecario a otro alguien con un contrato de trabajo que había que coger con pinzas avalado por una tía abuela de 108 años, financiar el circulante de una empresa que vive de financiar su circulante, … vender unos papeles con el extraño nombre de ‘preferentes’ a todo aquel que supiera firmar, … ¡Horripilante!, ya, pero horripilante ahora, cuando todo ha estallado, cuando nada es sostenible, y cuando nos hallamos en medio de una crisis sistémica; es decir: a toro pasado a fin de sacarse pulgas de encima.

La realidad era que cuantos más créditos se concedieran, mejor: más consumo y más comisiones para el banco; y cuanto más aumentase la deuda, más mejor: más crecimiento para esa entidad financiera; y cuantas más preferentes se vendieran super mejor: más personas felices por poder obtener un cacho de las ganancias financieras que hasta el momento tan fácilmente se habían estado llevado los cochinos ricos de siempre.

La realidad real es que si esa mala práxis se va a prohibir es porque ya no va a ser necesaria ya que no se van a buscar tasas de crecimiento que no se apoyen en la economía real debido a que otra cosa no es posible ya debido a que los recursos disponibles son escasos. Es decir, pienso que esas prácticas horrendas se prohíben no por ética ni por justicia, sino porque ya han cumplido su función debido a que ahora las cosas van a ir de otra manera, de forma parecida a como dejaron de efectuarse las ejecuciones públicas de los condenados a muerte: dejaron de ser necesarias.

¿Qué todo es un engaño y una mierda?. No lo vean así. El fallo, por ejemplo, fue considerar que una entidad financiera era nuestra amiga. No lo era, nunca lo fue y nunca lo será. Una entidad financiera hace negocio, como lo hace la panadería donde compramos cada día la baguette que nos comemos para cenar. Se olvidó, porque convino, que las deudas hay que pagarlas, y se supuso, porque fue conveniente, que ‘nuestro banco, nuestra caja’ era fantástico, era maravillosa.

Se consideró y se supuso eso porque era preciso, del mismo modo que  lo fue no advertir a la ciudadanía que estaban dando por supuesto cosas, que, por principio, no tienen porqué ser ciertas. Convino para crecer y seguir creciendo mientras el modelo dio de si; cuando ya no ha dado más de si …

Insisto: no estoy de acuerdo con lo que dijo el Sr. Comisario de la Competencia, aunque supongo que si lo dijo es porque convenía que lo dijese.

(Puede que espíritus puros piensen que lo que se ha estado haciendo estos pasados años es pura hipocresía. Mi sugerencia: no vayan tan allá. En la vida no hay nada blanco o negro: lo que existe en una gama infinita de grises a fin de que puedan adaptarse a las circunstancias de cada momento. Lo que sí es molesto es oír que alguien que no dijo nada o dijo digo ahora diga, a voz en cuello, que se cansó de decir Diego; es molesto porque es falso. Sería mejor callar, ¿no?; aunque, posiblemente, ello no sería conveniente).

(*) Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. IQS School of Management. Universidad Ramon Llull.

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