sábado, 4 de febrero de 2012

¿El final de la crisis? / Juan Torres López *

Entre las mentiras que vienen acompañando al desarrollo de la crisis una de las más oída es que la crisis está ya a punto de finalizar. Lo dicen casi desde el principio, cuando inventaron los “brotes verdes” para hacer creer a la gente que las políticas que estaban aplicando, sobre todo el salvamente de los bancos que la mayoría de la población rechaza, eran eficaces y necesarias para acabar con ella.

A pesar de los intentos de desviar la atención y de confundir, hoy es ya indisimulable que nos volvemos a encontrar en una situación económica y financiera muy difícil, incluso parecida a la del inicio si se tiene en cuenta el extraordinario problema de deuda que se ha generado y que, al menos en Europa, es imposible que se pueda pagar en las condiciones en que quieren imponer los bancos.

Lo que ha ocurrido es bastante simple: unas políticas inadecuadas no solo no nos han podido sacar del problema sino que han creado otros nuevos e incluso quizá más graves.


Tratar de salvar a los bancos a base de darles dinero sin imponerles condiciones y sin procurar que los estados garantizasen el fluido de crédito a las economías productivas ha seguido paralizando la actividad. Solo ha servido, como habíamos advertido muchos economistas, para ampliar el poder de los banqueros y su capacidad para imponer las salidas a la crisis que más les benefician.

Además, la insuficiencia de los planes de estímulo y la imposición de políticas de “austeridad”, que en realidad son de recortes de derechos sociales porque no se está siendo más austero en ayudas a la banca, en gasto militar o en subsidios fiscales al gran capital, han impedido también que el gasto público aúpe a las empresas que crean empleo proporcionándoles gasto y demanda suficientes, de modo que cuanto antes se han llevado a cabo o más drásticas han sido (como en Irlanda, Grecia o Portugal) más duros y negativos han sido sus efectos.

No se puede soslayar esto último porque es importante que la ciudadanía lo sepa: han sido precisamente los países que han aplicado más disciplinadamente las políticas de recorte neoliberales los que se encuentran en peor situación.

De esa manera, pues, ha sido imposible que las economías europeas levanten cabeza, que se recupere el empleo y la actividad. Y eso ha producido un incremento extraordinario de la deuda, como ya es bien sabido.

Como tampoco se ha reformado prácticamente nada de los mercados financieros en donde los capitales campan a sus anchas con plena libertad y en donde predominan los incentivos a la especulación de todo tipo, resulta que la negativa del Banco Central Europeo a financiar la deuda de los gobiernos (hasta muy última hora y en insuficiente cantidad) ha alimentado la compulsiva especulación de los grandes financieros contra los estados. Una actividad que ha aumentando el coste de su financiación y que les ha dado el poder suficiente para imponer las medidas y reformas draconianas que venía buscando desde hace años: reformas laborales, de las pensiones, privatizaciones…

En ese caldo de cultivo no puede darse solución a la crisis. Esta no solo no terminará pronto sino que, a medida que vayan aplicándose las medidas de estrangulamiento que imponen los bancos y las autoridades europeas, irá a peor. Los datos de final de año dirán si me equivoco o no.

La única opción que realmente nos puede sacar de la crisis es aplicar políticas diferentes a las que la han provocado. Es preciso combatir la desigualdad, reformar la fiscalidad para lograr más ingresos del capital improductivo, controlar los movimientos especulativos de capital, garantizar la financiación pública, fomentar y apoyar a las empresas productivas que crean riqueza y empleo y penalizar a las especulativas… Hasta 115 medidas en esa línea proponemos Vicenç Navarro, Alberto Garzón y yo en nuestro último libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España. No se puede decir, pues, que no haya otro camino. Lo que hace falta es decisión social, firmeza y voluntad política para emprenderlo sabiendo que si no lo hacemos nos dirigimos sin remedio hacia el abismo.

(*) Catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla

Se requieren cambios más profundos en la socialdemocracia / Vicenç Navarro *

Aunque parezca difícil es importante recordar que hace aproximadamente doce años la socialdemocracia gobernaba en la mayoría de los países de la Unión Europea de los Quince (el grupo de países más desarrollados económicamente de la Unión Europea) y dentro de los países de la Eurozona. Hoy apenas existen gobiernos socialdemócratas en la UE-15 y en la Eurozona.

Mucho se ha escrito sobre las causas de este hecho. Pero todo indica que una de las causas más importantes de este declive fue la adopción por parte de tales gobiernos socialdemócratas de políticas de claro corte neoliberal que incluían políticas de austeridad de gasto público (incluyendo gasto público social), políticas fiscales regresivas (reducción de impuestos y aumento de su regresividad), desregulación de los mercados financieros (facilitando la especulación) y laborales (facilitando el despido) y otras intervenciones, que fueron todas ellas altamente impopulares entre sus bases electorales. La evidencia de ello es robusta y no da lugar a dudas.

La captación de los equipos económicos de los gobiernos socialdemócratas por parte del pensamiento neoliberal fue una causa determinante de su declive político, declive que se mostró, no sólo en un descenso muy marcado de su apoyo electoral, sino también en una reducción muy significativa del número de militantes y simpatizantes de tales partidos. El desencanto de las bases de los partidos socialdemócratas hacia tales políticas y hacia los dirigentes que las llevaban a cabo, alcanzó unas dimensiones nunca vistas antes en su historia.

Su caída electoral en picado fue la causa de que las derechas recuperaran el poder. Una vez en el gobierno, estos partidos conservadores y liberales (en realidad neoliberales) han extendido todavía más estas políticas que han profundizado la recesión, aprovechándose de ésta para poder conseguir lo que siempre desearon, es decir, el debilitamiento del mundo del trabajo y del Estado del Bienestar. La gran impopularidad de tales políticas ha aumentado las posibilidades de que los partidos socialdemócratas puedan recuperar el poder político y gobernar de nuevo.

Lo auténticamente preocupante, sin embargo, es que la gran mayoría de tales partidos no han hecho los cambios necesarios en sus políticas económicas, sociales y fiscales (ni tampoco en su personal directivo) que puedan abrir un capítulo nuevo de esperanza para poder salir de lo que va en vía de convertirse en la II Gran Depresión. Tales partidos no han roto con el pensamiento neoliberal que continúa dominando las mayores instituciones que gobiernan la UE-15 y la Eurozona, ni tampoco han presentado una alternativa, claramente expansionista, que permita resolver la situación económica y social de la Unión Europea. 

Como bien escribe George Irvin, profesor de Economía de la Universidad de Londres, en su último artículo “Have Social Democrats Surrendered?” en (Social Europe Journal), es enormemente decepcionante ver el continuismo entre la “nueva” y la “anterior” socialdemocracia. El supuestamente nuevo PD italiano, el Partido Demócrata de izquierdas (continuador del que fue en su día poderoso Partido Comunista italiano) apoya las políticas neoliberales del mal llamado “gobierno tecnócrata” del Sr. Monti (un banquero ultraliberal). 

El candidato socialista francés, François Hollande, hace gala de su rectitud fiscal como manera de mantener su credibilidad (entendiendo credibilidad como austeridad). Ed Balls, el portavoz de temas económicos del Partido Laborista, indica que el futuro gobierno laborista mantendrá los recortes del Sr. David Cameron, en caso de que gane las próximas elecciones. Los dos candidatos a la Secretaría General del Partido socialdemócrata español no han hecho ni críticas de las políticas económicas neoliberales del gobierno Zapatero (del cual formaron parte), ni han hecho propuestas claramente expansivas de gasto público para crear empleo, remarcando, en cambio, que los recortes debieran ser menos acentuados (recortes que inició el gobierno Zapatero) de los que realiza el gobierno conservador-neoliberal del PP y la reducción del déficit público debería ser más lenta que lo programado, pero, por lo demás, no hay ninguna apuesta por una gran inversión y aumento notable del gasto público.

Como indica George Irvin, no ha habido un cambio suficiente en la socialdemocracia europea que permita albergar esperanzas para el futuro. Después de todo no es tan difícil ver qué es lo que debiera hacerse en estos momentos de crisis. Es necesaria una inversión masiva en creación de empleo, como ocurrió con el New Deal en EEUU a principios del siglo XX o en los años cuarenta y cincuenta en Europa, en la reconstrucción que siguió a la II guerra Mundial, facilitada por el Plan Marshall. 

La socialdemocracia europea, por mucho que diga lo contrario, todavía no considera que el mayor problema económico en la UE sea el desempleo y la escasa capacidad adquisitiva de la población, en lugar de la deuda y el déficit público. Parecen no ser conscientes de que estos últimos se resolverán cuando se resuelva el primero, no al revés, como la sabiduría convencional neoliberal predica.

¿Es posible el New Deal en la Unión Europea y en España?
La respuesta a esta pregunta es un rotundo sí. La Unión Europea tiene los recursos para hacer esta expansión masiva del gasto público con el objetivo de crear empleo en los sectores deficitarios que van desde el Estado del Bienestar a los sectores energéticos y economía alternativa. (Por cierto, la crítica a la socialdemocracia podría también aplicarse a la mayoría de los partidos verdes mayoritarios que no han hecho propuestas de inversión pública masiva a nivel europeo). 

En realidad, la gran paradoja es que, a pesar del aumento de la productividad que ha estado ocurriendo en todos los países de la UE-15, las rentas del trabajo han disminuido como porcentaje de la renta nacional, y los ingresos al Estado también han estado bajando en la gran mayoría de países de la Eurozona y de la UE-15, incluyendo España. Las rentas del capital, sin embargo, han subido enormemente. Esta realidad, ampliamente documentada en muchos escritos (véase el libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, de Juan Torres, Alberto Garzón y Vicenç Navarro), muestra que sí que hay recursos. El problema es que están mal distribuidos, con excesiva concentración de las rentas en los sectores más pudientes de la sociedad.

Y ahí está la raíz del problema, tanto en la UE como en España. No puede haber una inversión masiva encaminada a estimular la economía sin una reforma fiscal redistributiva de gran calado que permita un aumento muy notable de la inversión pública. Tal como he señalado en otro artículo (“El abandono de las políticas redistributivas por las izquierdas gobernantes”. Sistema Digital. 06.01.12), el abandono de las políticas redistributivas por parte de la socialdemocracia (y de los partidos verdes) ha llevado a la crisis actual. A no ser que cambien y recuperen su compromiso con la redistribución, no habrá salida de la crisis. El principio de “a cada uno según su necesidad, de cada uno según su habilidad y capacidad” es tan relevante ahora como en la historia de tal movimiento.

La mala distribución de los recursos ha significado un enorme empobrecimiento del Estado. El fraude fiscal, predominantemente de las rentas superiores, ha alcanzado unos niveles sin precedentes, tanto en la UE como en España. Las cifras estimadas a nivel de la UE consideran que el fraude fiscal representa como promedio el 13% del PIB de la Unión Europea, porcentaje que aumenta mucho más en los países de la periferia. En España es un 23%. Y hay que repetir que este fraude se concentra sobre todo en las rentas superiores, tal como el caso español muestra claramente. 

Según los técnicos de la Agencia Tributaria del Estado español, el 72% de todo el fraude fiscal en España lo realizan las grandes fortunas, las grandes empresas que facturan más de 150 millones de euros al año (que representan un 0,01% de todas las empresas) y la banca. Este 72% representa 64.000 millones de euros, cantidad equivalente a todos los recortes que está realizando el Estado español. ¿Se atreverán los partidos socialdemócratas a enfrentarse con los grandes evasores fiscales? La experiencia hasta ahora ha sido deprimente.

(*) Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España). Es también profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore, EEUU) donde ha impartido docencia durante 35 años. Dirige el Programa en Políticas Públicas y Sociales patrocinado conjuntamente por la Universidad Pompeu Fabra y The Johns Hopkins University. Dirige también el Observatorio Social de España
Tuvo que exiliarse de España por razones políticas. Ha vivido y trabajado en Suecia (Upsala), Gran Bretaña (London School and Economics, Oxford y Edimburgo) y en EEUU (The Johns Hopkins University) donde ha sido Catedrático de Políticas Públicas y Ciencias Políticas.

Una alternativa por hacer / José Luis de Zárraga *

No sólo hay “mucho PSOE por hacer”. Está por hacer un discurso de gobierno de una socialdemocracia de izquierdas, el discurso socialdemócrata ante la crisis y más allá de la crisis. A falta de ello tanto dará –a quienes no son militantes, la inmensa mayoría– que se haga “mucho PSOE”. Por eso importa mucho no sólo el PSOE que hagan estos días en su congreso, sino el camino que tomen; no sólo los dirigentes que elijan, sino la política que representen.

El PSOE se encuentra ante una decisión paradójica, que necesariamente habrá de ser, a la vez, de ruptura y continuidad, pero que sus dirigentes no saben (o no quieren) explicar bien. Aunque no se reconozca, tendrá que ser, por una parte, una verdadera ruptura con la política desarrollada por el Gobierno socialista durante los últimos años. Pero al mismo tiempo tendrá que recuperar lo esencial de la línea política que José Luis Rodríguez Zapatero llevó al Gobierno en 2004. Porque aquella era la línea correcta para un Gobierno socialdemócrata, aunque fuera enseguida frenándose y terminara abandonada durante la segunda legislatura.

Frente a la tercera vía de Blair y Schröder, que –como dice Fontana– representaba en realidad “un abandono radical de las ideas de la tradición socialista”, Zapatero representaba una recuperación de los principios de solidaridad de esa tradición. En aquel momento representaba, además, la ruptura de un alineamiento internacional con el imperialismo que nos devolvía la dignidad a los españoles. Tras casi dos décadas de progresivo alejamiento de los movimientos ciudadanos volvía a conectar con ellos y nutría de ellos su fuerza electoral. Levantaba la bandera de la ampliación y consolidación de los derechos civiles, prácticamente abandonada por los gobiernos socialistas desde la época del periodo constituyente.

Aunque luego frustrada, alentaba la esperanza de que al fin un Gobierno progresista se atreviese a construir un Estado realmente laico –algo que también temían los reaccionarios, como probó la feroz oposición con que, desde el principio, se enfrentó la Iglesia a su Gobierno–.

Luego, entre la ofensiva sin cuartel de la derecha y los frenos internos, el desarrollo de esa línea, que había logrado despertar en mucha gente alejada de la política una ilusión hace tiempo perdida, fue frenándose. Y cuando, en el marco de la crisis, los socialistas se vieron forzados a abandonar posiciones fundamentales y no supieron explicarlo a la población; cuando dieron la impresión de no saber reaccionar y no abrieron perspectivas de futuro e incluso, con sus silencios, hicieron creer que abandonaban su línea, entonces fue, realmente, cuando perdieron el respaldo de su base social y, con ello, perdieron las elecciones.

Pero eso no debe hacer olvidar que la línea de Rodríguez Zapatero cuando accedió al Gobierno era la correcta y que, en lo fundamental, sigue siendo, hoy, la línea correcta. Se habla –aunque cada vez más vagamente– de la reforma de la democracia. Es una necesidad no sólo para responder a la demanda popular, sino por estrictas razones de supervivencia. Sólo un Gobierno fuertemente enraizado en una base popular muy amplia y sólida puede resistir la presión –interna y externa– de los poderes económicos. Y no habrá Gobierno con una base así si no es en una democracia avanzada, donde los ciudadanos participen decisivamente en la política y no se limiten a cohonestar gobiernos con su voto.

También parece que todos los que van a participar en este congreso están de acuerdo en que hay que cambiar el modelo de partido. Habrá que ver lo que significa eso, y si no se trata de cambiar de modelo para no cambiar de aparato.

Se está discutiendo si se debe buscar un liderazgo de transición o con vocación de permanencia, para el futuro. No sé si alguien, desde dentro, cree seriamente que ese dilema es real. Desde fuera parece claro que elegir una dirección de transición es renunciar a hacer la transición, demorar lo urgente, aplazar la renovación. Toda transición es una crisis, porque en ella se deja la piel vieja y se toma una nueva. Las metamorfosis, para un organismo o para una organización, son siempre difíciles y dolorosas. Como saben los zoólogos, es una fase inevitable para la supervivencia, pero a la vez del mayor riesgo, cuando el organismo está más expuesto a todo tipo de amenazas y su vida se pone en juego. Por ello podría desearse aplazarla, demorarla. Pero la demora arruina el proceso, no permite que sea más seguro o menos doloroso en el futuro, sino que lo aborta.

Hoy, para el PSOE, una dirección de transición simplemente sirve para proporcionar una prórroga a lo que hay, pero a la vez supone ofrecer puentes a la desbandada. No frenará la hemorragia, sino que la dejará fluir. Cuanto más se demore el cambio, más irreversible se hará la situación. Es incierto lo que significará un cambio de dirección en el PSOE. Puede no significar nada, porque quienes lo encarnen no sepan (o no se atrevan, o, al final, no puedan) ir más allá del cambio de personas. Pero lo que es seguro es a dónde conduce a ese partido el que no haya cambios: al enquistamiento y la irrelevancia política.

(*) Sociólogo

La hipocresía de la Unión Europea / Juan Francisco Martín Seco *

Resulta arriesgado enjuiciar la realidad de otros países. Siempre hay mil variables que se nos escapan. No conozco suficientemente la situación política y económica de Hungría para poder juzgar lo que allí está ocurriendo. No dudo de su comentada deriva antidemocrática; es bastante creíble a juzgar por lo que sucede en la mayoría de los países europeos, y precisamente por ello resulta tan hiriente la reacción de la Comisión Europea y del Fondo Monetario Internacional que tan solo han tachado de antidemocrático al gobierno de Orbán cuando, según parece, dicho Ejecutivo ha osado atentar contra la independencia del Banco Central.

La demencia y la confusión se han instalado en el mundo político y económico actual. No es solo que la Unión Europea se haya construido con muy dudosos criterios democráticos, sino que ahora se pretende presentar a una de las instituciones, cuya existencia viola con mayor claridad la soberanía popular, como criterio imprescindible para conceder a un sistema el calificativo de democrático. El mundo al revés, la independencia de los bancos centrales hunde sus raíces en un pensamiento claramente antidemocrático, la desconfianza hacia los políticos demasiado vulnerables a las demandas de los ciudadanos. Se quiere resguardar la política monetaria de la voluntad popular. En este carnaval de equívocos y en el que se intenta dar a las palabras un significado diferente del contenido que tienen parece que lo democrático es despojar a los poderes públicos de sus competencias para entregárselas a los tecnócratas, que no han pasado por las urnas y son políticamente irresponsables.

Hemos visto cómo desde la Unión Europea se desprecia a la opinión pública de los países y se le imponen gobiernos tecnócratas con la única misión de llevar a cabo la política que exigen los mercados, las instituciones no democráticas como el FMI o los gobiernos foráneos como el de Alemania, una política que empobrece a las poblaciones, condena a la recesión económica y aniquila las conquistas sociales. Hoy, hablar de democracia en la Unión Europea resulta un sarcasmo.

Doy por sentado que el gobierno de Orbán se está convirtiendo en un régimen autoritario y no dudo de que ande acometiendo reformas antidemocráticas, pero habrá que preguntarse, en primer lugar, si Hungría ha conocido en algún momento la democracia. Como otros muchos países del Este de Europa, la transformación del régimen comunista al capitalismo se ha realizado en el plano económico mediante el enriquecimiento de la antigua nomenclatura que ha devenido en empresarios y capitalistas, todos ellos convertidos al neoliberalismo; y en el plano político, a través de un barniz seudodemocrático que no pasa de un bipartidismo en el que ambas formaciones políticas presentan programas similares.

Entre 2006 y 2010, en Hungría ha gobernado un partido que se autodenominaba socialista, pero que terminó aplicando la teoría neoliberal que se le imponía desde Europa y desde el FMI, sometiendo a la población a duros ajustes y a reformas retrógradas. Los ciudadanos reaccionaron enérgicamente, de forma especial cuando comprobaron que el gobierno había mentido sobre la situación económica y en 2010 dieron la victoria por una amplia mayoría al partido conservador. Ahora, los húngaros, al igual que los habitantes de otros muchos países europeos contemplan con escepticismo el sistema político y manifiestan una desafección total por los partidos.

En segundo lugar hay que cuestionarse que la Unión Europea se encuentre legitimada -a la vista de lo que está ocurriendo en la Eurozona- para otorgar credenciales de democracia. Desde luego, lo que parece el mayor desatino es que considere la independencia de los bancos centrales como una característica ineludible de la democracia y que se atreva a llamar deriva autoritaria a la pretensión de un gobierno elegido legítimamente a mantener, y utilizar, dentro de sus competencias la política monetaria, en lugar de cederla a tecnócratas a los que nadie ha votado y que son irresponsables desde el punto de vista democrático.

(*) Licenciado en Ciencias Económicas, Filosofía y Letras, Graduado Social, y diplomado en Política Económica y Análisis Monetario por el Fondo Monetario Internacional, pertenece al Cuerpo de Inspectores de Finanzas del Estado. Ha sido profesor de Introducción a la Economía en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, y profesor de Hacienda Pública en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Autónoma de Madrid.

Lo que el BOE esconde / Rosa Mª Artal

No sería más que la mentira diaria del PP, si no fuera tan grave. La vicepresidenta y portavoz no lo contó, naturalmente, pero en el Consejo de Ministros del viernes el gobierno aprobó una ayuda de 103.000 millones de euros a las entidades financieras. “Estos avales no suponen una salida inmediata de fondos, pero sí un aumento astronómico del capítulo correspondiente a pasivos financieros (endeudamiento)”, asegura la Plataforma por una vivienda digna que ha expurgado a fondo el BOE donde se reseñan los acuerdos del viernes. Esta relevante partida aparece nada menos que en la disposición final decimoséptima, casi de tapadillo (como también revela el silencio al respecto de Soraya Sáenz de Santamaría).

Mantienen, además, los 92.543.560.000 de euros que aprobó el gobierno del PSOE para garantizar las obligaciones económicas exigibles a la sociedad denominada ‘‘Facilidad Europea de Estabilización Financiera’’.

Añaden otra partida de 3.000.000.000 de euros para los avales destinados a garantizar valores de renta fija emitidos por fondos de titulización de activos.

En total, ponen a disposición de las entidades financieras 196.043.560.000 euros para 2012.

A causa del abultado déficit público (debido a la deuda de las Comunidades Autónomas fundamentalmente y recordemos que pese a la sorpresa manifestada por el PP de ese “país en ruina”, este desmemoriado partido las regenta actualmente casi todas), se han practicado también durísimos ajustes a la población.

La subida del IRPF decretada por el PP nos sitúa ya como el tercer país con los impuestos a las rentas del trabajo más altos, cuando nuestros sueldos son los penúltimos de la UE15, solo por encima de Portugal. Las rentas altas seguirán sin pagar dado que apenas declaran sus ingresos reales y  no se persigue apenas el fraude fiscal, ni ha hablado nada el PP de que esa política vaya a cambiar. El expresidente de Lehman Brothers España y hoy ministro de Economía y Competitividad, Luis De Guindos, declaraba esta mañana en la SER que por el impuesto de sociedades “se recauda muy poco”, así que no lo van a tocar, y que “hablar de SICAVs es demagogia barata”, o sea que tampoco.  Pues son un montón de ellas y tributan al 1%.  Más aún, De Guindos anuncia “una agenda reformista muy agresiva”, sin “llorar por la leche derramada”. 

Las ayudas a la Iglesia Católica tampoco se tocan. Reciben medio millón de euros diarios. El jugoso BOE del 31/12/2011 dice también que el Estado entregará, mensualmente, a la Iglesia católica 13.266.216,12 euros”.

 Para pagar a los bancos y mantener los privilegios de las clases adineradas por tanto, se producen graves recortes sociales y alzas de impuestos. Y se merma en capítulos fundamentales como la dependencia, la investigación, o la televisión pública, que parece tener sus días contados.

El BOE escondía algún acuerdo más, que igualmente olvidaron mencionar los cuatro ministros: la compra de gases y artificios lacrimógenos por valor de un millón de euros.  El anuncio de licitación apareció el 15 de Junio, un mes después del 15M, a iniciativa del PSOE según se ve claramente. El PP lo ha mantenido. Parece más imprescindible este gasto que subvencionar el transporte público a los jubilados, también suprimido en algunas comunidades autónomas. La “agendas reformistas muy agresivas” es lo que tienen, que igual no gustan y quien manda, manda, aunque no sea sino representante de la soberanía popular. Representante. 

Como en Farenheit 451 atrapad en vuestra memoria datos, declaraciones e imágenes. La UE se dispone a borrar la memoria de Internet.

Que el futuro sea como lo planean o como demanda la justicia y la equidad, depende solo de nosotros #felizañonuestro

El año de todos los peligros / Ignacio Ramonet

¿Será 2012 el año del fin del mundo? Es lo que vaticina una leyenda maya que incluso le pone fecha exacta al apocalipsis: el 12 de diciembre próximo (12-12-12). En todo caso, en un contexto europeo de recesión económica y de grave crisis financiera y social, los riesgos no escasearán este año, que verá además elecciones decisivas en Estados Unidos, Rusia, Francia, México y Venezuela.

Pero el principal peligro geopolítico seguirá situándose en el Golfo Pérsico.¿Lanzarán Israel y Estados Unidos el anunciado ataque militar contra las instalaciones nucleares iraníes? El gobierno de Teherán reivindica su derecho a disponer de energía nuclear civil. Y el presidente Mahmud Ahmadineyad ha repetido que el objetivo de su programa no es en absoluto militar; que su finalidad es simplemente producir energía eléctrica de origen nuclear. También recuerda que Irán firmó y ratificó el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), mientras que Israel nunca lo hizo. 

Por su parte, las autoridades israelíes piensan que no se debe esperar más. Según ellas, se acerca peligrosamente el momento en que el régimen de los ayatolás dispondrá del arma atómica, y a partir de ese instante ya no se podrá hacer nada. El equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo se habrá roto, e Israel ya no gozará de una incontestable supremacía militar en la región. El gobierno de Benjamín Netanyahu estima que, en esas circunstancias, la existencia misma del Estado judío estaría amenazada. 

Según los estrategas israelíes, el momento actual es tanto más propicio para golpear cuanto que Irán se encuentra debilitado. Tanto en el ámbito económico, a causa de las sanciones impuestas desde 2007 por el Consejo de Seguridad de la ONU, basadas en informes alarmantes del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), como en el contexto geopolítico regional, porque su principal aliado, Siria, a causa de la violenta insurrección interna, se halla imposibilitado de prestarle una eventual ayuda. Y esta incapacidad de Damasco repercute en otro socio local iraní, el Hezbolá libanés, cuyas líneas de aprovisionamiento militar desde Teherán, han dejado de ser fiables. 

Por estas razones, Israel desea que el ataque se lleve a cabo cuanto antes. En aras de preparar el bombardeo, ya hay infiltrados en Irán, efectivos de las fuerzas especiales. Y es muy probable que agentes israelíes hayan concebido los atentados que, estos dos últimos años, causaron la muerte de cinco importantes científicos nucleares iraníes. 

Aunque Washington acusa igualmente a Teherán de estar llevando a cabo un programa nuclear clandestino para dotarse del arma atómica, su análisis a propósito de la oportunidad del ataque es diferente. Estados Unidos está saliendo de dos decenios de guerras en esa región, y el balance no es halagador. Irak ha sido un desastre y ha quedado finalmente en manos de la mayoría chií, la cual simpatiza con Teherán... En cuanto al lodazal afgano, las fuerzas estadounidenses se han mostrado incapaces de vencer a los talibanes, con los cuales la diplomacia norteamericana ha tenido que resignarse a negociar antes de abandonar pronto el país a su destino.  

Estos costosos conflictos han debilitado a Estados Unidos y revelado a los ojos del mundo los límites de su potencia y su incipiente declive histórico. No es hora de nuevas aventuras.  Menos en un año electoral en el que el presidente saliente, Barack Obama, no tiene la certeza de ser reelegido. Y cuando todos los recursos están siendo movilizados para combatir la crisis y reducir el desempleo.

Por otra parte, Washington está tratando de cambiar su imagen en el mundo árabe-musulmán, sobre todo después de las insurrecciones de la “primavera árabe” del año pasado. De cómplice de dictadores –en particular del tunecino Ben Alí y del egipcio Mubarak– desea ahora aparecer como mecenas de las nuevas democracias árabes. Una agresión militar contra Irán, en colaboración además con Israel, arruinaría esos esfuerzos y despertaría el antinorteamericanismo latente en muchos países. Sobre todo en aquellos cuyos nuevos gobiernos, precisamente surgidos de las revueltas populares, están dirigidos por islamistas moderados.

Una importante consideración complementaria: el ataque contra Irán tendría consecuencias no sólo militares (no se puede descartar que algunos misiles balísticos iraníes alcancen el territorio israelí o consigan golpear las bases norteamericanas de Kuwait, Bahréin u Omán) sino, sobre todo, económicas. La réplica mínima de Irán a un bombardeo de sus sitios nucleares consistiría, como sus responsables militares no cesan de prevenir, en el bloqueo del estrecho de Ormuz. Cerrojo del Golfo Pérsico, por él pasa un tercio del petróleo del mundo y unos 17 millones de barriles de crudo cada día. Sin ese aprovisionamiento, los precios de los hidrocarburos alcanzarían niveles insoportables, lo cual impediría la reactivación de la economía mundial y la salida de la recesión.

El Estado Mayor iraní afirma que “nada es más fácil de cerrar que ese Estrecho” y multiplica las maniobras navales en la zona para demostrar que está en condiciones de llevar a cabo sus amenazas. Washington ha respondido que el bloqueo de la vía estratégica de Ormuz sería considerado como un “caso de guerra”, y ha reforzado su V Flota que navega por el Golfo.

Es muy improbable que Irán tome la iniciativa de ocluir el paso de Ormuz (aunque siempre podría intentarlo en represalias a una agresión). En primer lugar porque se daría un tiro en un pie, ya que exporta su propio petróleo por esa vía, y que los recursos de esas exportaciones le son vitales. 

En segundo lugar porque dañaría a algunos de sus principales socios, quienes le apoyan en su conflicto con Estados Unidos. Principalmente China, cuyas importaciones de petróleo, que alcanzan un 15%, proceden de Irán; y su eventual interrupción paralizaría parte de su aparato productivo. 

Las tensiones están pues al rojo vivo. Las cancillerías del mundo observan minuto a minuto una peligrosa escalada que puede desembocar en un gran conflicto regional. Se verían implicados en él no sólo Israel, Estados Unidos e Irán, sino también otras tres potencias de Oriente Medio: Turquía, cuyas ambiciones en la región vuelven a ser considerables; Arabia Saudí, que sueña desde hace decenios con ver destruido a su gran rival islámico chií; e  Irak, que podría romperse en dos partes, una chií pro-iraní, y otra suní pro-occidental.

Asimismo un bombardeo de los sitios nucleares iraníes causará una nube radiactiva nefasta para la salud de todas las poblaciones de la zona (incluidos los miles de militares estadounidenses y los habitantes de Israel). Todo ello conduce a pensar que si los belicistas están alzando con fuerza la voz, el tiempo de la diplomacia aún no ha terminado.