domingo, 3 de junio de 2012

Las relaciones entre Alemania y España y el poder del capital financiero (I) / Alberto Garzón Espinosa *

Hace un par de años España venció a Alemania en las semifinales del mundial de Sudáfrica por un gol a cero. La euforia se desató por todo nuestro país, y las celebraciones se dejaron ver durante semanas gracias a un nuevo sentimiento de patriotismo. Aquella sensación de superioridad deportiva, cristalizada en la primera copa mundial de la selección española, no tenía, sin embargo, relación alguna con la competencia económica entre ambos países. Aquél otro enfrentamiento mostraba un marcador completamente opuesto; allí recibíamos una enorme paliza.

El esquema siguiente refleja la naturaleza de las relaciones económica entre ambos países, y es una herramienta útil para analizar cuáles son los problemas de la economía española y cuáles son las opciones de política económica que se abren tras la larga y dolorosa crisis económica que padecemos.

Podemos comenzar por un hecho contable básico: España ha tenido un descomunal déficit por cuenta corriente desde la entrada en vigor del euro. Alemania, por el contrario, se ha comportado a la inversa, con un creciente superávit desde el año 2000. Ambas relaciones se muestran gráficamente a continuación.
Esto significa, en esencia [1], que España exporta menos de lo que importa y que a Alemania le ocurre al revés. Como se puede comprobar en el gráfico, son dinámicas que se han propulsado enormemente tras la llegada del euro. Eso significa que la estructura de la Unión Europea y la moneda común profundizan los desequilibrios internos y pueden estar detrás de la crisis actual.
 
Este hecho contable refleja, en última instancia, una menor capacidad competitiva de la economía española, es decir, del capital productivo español. Las empresas productivas españolas son incapaces de competir en el mercado internacional y, más concretamente, en el mercado europeo.

Todo ello supone que el capital productivo alemán obtiene ingresos que son compartidos con el capital financiero alemán. Como vimos en otro post, el sistema financiero funciona sobre la base de establecer una punción sobre la ganancia productiva, es decir, que sus beneficios dependen de la capacidad de obtener beneficios de las entidades a las que presta dinero. Dicho de otra forma, el sistema financiero que ha prestado dinero al capital productivo alemán se beneficia también de la buena marcha de las exportaciones alemanas. En este punto, número 2 en nuestro gráfico, el capital financiero alemán se encuentra con nuevos ingresos y dinero ocioso.

¿Y qué hace el capital financiero alemán con ese dinero nuevo y ocioso? Pues por la lógica capitalista no tiene más remedio que moverlo para hacer más ganancias, de modo que lo presta a otros sujetos económicos. En nuestro gráfico ya vemos a quién: al capital financiero español (punto 3). Esta transferencia de dinero es la que explica que la balanza de pagos cuadre: el superávit de la cuenta financiera compensa el déficit de la cuenta corriente. Dicho de otra forma, la economía española importa más que exporta y necesita dinero con que pagar esa diferencia y ese dinero es el que le presta el capital financiero internacional (y en nuestra explicación el alemán). Puede comprobarse en el siguiente gráfico.
Ha de tenerse presente que la forma por la que el capital financiero alemán presta a la economía española (a través del capital financiero español o directamente al capital productivo o a los hogares) es múltiple. Pueden prestar a través de inversiones extranjeras directas (llegada de empresas), a través de inversión en cartera (compra de acciones o títulos como bonos y obligaciones) o a través de préstamos. En España han sido determinantes las dos últimas formas (la inversión extranjera directa española era fundamentalmente positiva gracias a la internacionalización del capital español).
 
En todo caso el capital financiero español (bancos y cajas de ahorro) se endeuda porque necesita dinero para prestar al capital productivo español. Y el capital productivo español necesita tener una actividad productiva que realizar porque de lo contrario entra en crisis y el sistema no puede mantenerse. Como hemos dicho más arriba, el capital productivo español es poco competitivo de modo que tiene que buscar una actividad productiva en la economía interna. Si tenemos en cuenta que la desigualdad en España –medida como participación salarial en la renta- es muy alta (véase aquí), el capital productivo además enfrenta una crisis de demanda interna. Por esa razón recurre a una actividad relativamente ficticia: la burbuja económica.

El capital productivo encuentra la burbuja inmobiliaria como vía de escape para poder seguir generando beneficios (esquivando los dos obstáculos: la falta de competitividad y la insuficiencia de demanda interna). Dicha burbuja inmobiliaria es favorecida gracias a la regulación legal y a los bajos tipos de interés de la eurozona (que proporcionan crédito barato). De esa forma, el capital productivo español puede alimentarse de una actividad muy lucrativa. Pero una actividad que es también muy inestable y que depende del endeudamiento (puntos 4 y 5). Desglosado por actores, el endeudamiento de los sujetos económicos españoles es el siguiente.
Mientras la burbuja inmobiliaria opera el sistema funciona correctamente y el ciclo del gráfico se mantiene sin interrupción. Evidentemente las asimetrías comerciales se profundizan cada año más, pero los economistas convencionales y los ministros de economía como Solbes aseguraban que esas cuestiones ya no importaban en el marco de la zona euro. Grave error.
 
Con la burbuja funcionando el empleo se creaba gracias a que el capital productivo que se movía alrededor de la construcción generaba miles de trabajos nuevos cada mes, proporcionando un salario a los trabajadores que utilizaban para seguir importando productos del exterior. Esas importaciones favorecían a Alemania, entre otros socios comerciales, lo cual alimentaba el ciclo. El dinero circulaba por el ciclo correctamente, si bien distribuyéndose de forma desigual (aspecto que veremos más adelante).

El estallido de la burbuja

Hasta que… estalla la burbuja inmobiliaria y el ciclo se interrumpe. El consumo y la inversión caen y el capital productivo español no tiene forma de generar nuevos beneficios. Los trabajadores españoles se quedan sin trabajo y tanto ellos como el capital productivo y financiero español se encuentran enormemente endeudados con el capital financiero alemán e internacional.

El capital financiero español sortea la crisis como puede, pero sus beneficios dependen de que exista actividad productiva. En un primer momento los planes de estímulo del gobierno (Plan E) permiten volver a ver beneficios en la actividad productiva, gracias a un desembolso de dinero público. Pero posteriormente la actividad productiva termina por caer y el sistema financiero ve secarse sus ingresos. El capital financiero se queda con los negocios del capital productivo inmobiliario, que ya es en sí mismo un activo tóxico, y sigue incapaz de remontar la situación. Sólo los bancos internacionalizados (como BBVA y Santander) encuentran una forma de obtener beneficios para ir salvando la situación. Las cajas de ahorro se hunden irremediablemente en pérdidas, al secarse sus ingresos y permanecer endeudadas.

El Estado al rescate, secuestrado por el capital financiero alemán

Entonces aparece el Estado de nuevo, que se presta a salvar al capital financiero español a costa de una mayor exposición propia al capital financiero internacional, especialmente alemán. Por mecanismos ya comentados en otro lado, el Estado va transformando las deudas privadas en deudas públicas. La exposición del capital financiero español se va transformando en exposición del Estado español. Lo que fueron beneficios privados, ahora son pérdidas públicas.

De esa forma el ciclo analizado, ya interrumpido, se recompone en una relación de dominio del capital financiero alemán sobre el Estado y los sujetos económicos españoles. El capital financiero alemán, aprovechando su control político sobre las redes institucionales (la llamada troika: comisión europea, BCE y Fondo Monetario Internacional) y un contexto ideológico favorable a sus tesis (el neoliberalismo) se presta a condicionar toda política económica a un solo objetivo: garantizar que va a recibir el dinero comprometido. La devolución de las deudas, privadas y públicas, prioridad absoluta.

Dado que las deudas privadas no pueden devolverse porque no hay capacidad de ingresar, el capital productivo español va quebrando (sobre todo el pequeño capital productivo: PYMES; el gran capital productivo sortea la crisis exportando como puede). El capital financiero español también se encuentra en la misma situación, pero su quiebra está prohibida de facto por la ideología dominante (la tesis de “demasiado grande para caer”) de modo que el Estado se hace cargo de su actividad y de sus pérdidas.

De una forma u otra (y siempre a través de mecanismos financieros), el Estado se va haciendo cargo de las deudas privadas. Se socializan las deudas y las pérdidas, de modo que toda la carga del coste de la crisis recae sobre los contribuyentes.

Ante la presión del capital financiero alemán, los partidos políticos dominantes en los países periféricos (pues estos procesos se repiten en Portugal, Grecia e Italia) ceden y ponen al Estado de Bienestar al servicio del pago de la deuda al capital financiero alemán (en España con la reforma de la constitución que hicieron en agosto de 2011 el gobierno del PSOE  y el PP). Dicho de otra forma: el desmantelamiento de la sanidad, la educación y los servicios públicos pagará al capital financiero alemán.

Ese es el estadio actual de la crisis: la no modificación de la estructura institucional europea y la subordinación de toda política económica de los países periféricos al pago al capital financiero alemán. Por esa razón no hay salida de la crisis sin romper con el marco actual de Unión Europea y con el dominio financiero alemán.

NOTAS:
[1] La cuenta corriente está formada por la balanza comercial, la balanza de servicios, la balanza de rentas y las transferencias corrientes. En todo caso, la que marca el sentido en ambos casos es la balanza comercial.

(*) Miembro del  Consejo Científico de ATTAC España y diputado de Izquierda Unida

Los retos de Río+20 / Ignacio Ramonet

Brasil acoge en Río de Janeiro, del 20 al 22 de junio, la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, llamada también “Rio+20” porque se ­celebra dos décadas después de la primera gran Cumbre de la Tierra de 1992. Asistirán a ella más de 80 jefes de Estado. Las discusiones se centrarán en torno a dos temas principales: 1) una “economía verde” en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza; y 2) el marco institucional para el desarrollo sostenible. En paralelo al evento oficial, también se celebra la Cumbre de los Pueblos que congrega a los movimientos sociales y ecologistas del mundo.

Las cuestiones ambientales y los desafíos del cambio climático siguen constituyendo urgencias mayores de la agenda internacional (1). Pero esta ­realidad está siendo ocultada, en España y en Europa, por la gravedad de la crisis económica y financiera. Normal. 

La eurozona atraviesa uno de sus momentos más difíciles a causa del ­fracaso manifiesto de las políticas de “austeridad a ultranza”. La recesión se ha instalado en varias economías, con un desempleo en alza y dramáticas ­tensiones financieras. España, en particular, vive sus momentos más preocupantes desde 2008; peores que cuando ­quebró el banco Lehman Brothers. La economía ha debido someterse a la auditoría de los inspectores de Bruselas. La prima de riesgo se disparó entrando en zona de intervención, y se han vuelto a despertar todas las dudas sobre la solvencia del sistema bancario español, arrastrado por la escandalosa quiebra de Bankia. 

Ante el fracaso del Banco de España, y las dudas sobre la credibilidad del sistema financiero, se ha tenido que recurrir a un grupo de firmas “independientes” extranjeras para analizar la morosidad oculta de los bancos españoles (2). Entre los ciudadanos se extiende la idea de que España va a necesitar, de manera más o menos inmediata, el apoyo del Fondo de Rescate Europeo, como ya le ocurrió a Irlanda, Grecia y Portugal. El 62% de los españoles lo teme.

Cunde pues el pesimismo. El premio Nobel de economía Paul Krugman echó leña al fuego cuando, el mes pasado (3), avisó que es “muy posible” que Grecia abandone el euro en el curso de este mes de junio... Una salida de Atenas de la moneda única europea tendría como consecuencia inmediata la fuga de capitales hacia los paí­ses vecinos y la retirada en masa de los depósitos bancarios. Fenómenos que se contagiarían inevitablemente a Portugal e Irlanda y, sin duda, a España e Italia. Krugman vaticinó por cierto que no descartaba que, después, llegara a España y a Italia un corralito bancario (4)... 

En esas preocupaciones estamos. Y por eso los ciudadanos europeos siguen con tanta atención la agenda electoral europea: elecciones legislativas francesas el 10 y el 17 de junio; nuevas elecciones griegas ese mismo día 17 de junio. Y la cumbre de Bruselas del 28 y 29 de junio que decidirá por fin si la Unión Europea sigue la senda alemana de la austeridad hasta la muerte, o si adopta la vía francesa del crecimiento y del resurgimiento. Dilema vital.

Pero ello, a pesar de su dramatismo, no debe hacernos olvidar que, a escala del planeta, hay otros dilemas vitales no menos decisivos. Y el principal de ellos es el desastre climático del que será cuestión, también este mes, en Río de Janeiro. Recordemos que, en 2010, el cambio climático fue la causa del 90% de los desastres naturales que ocasionaron la muerte de unas 300.000 personas, con un quebranto económico estimado en más de 100.000 millones de euros…

Otra contradicción: en Europa, los ciudadanos reclaman, con razón, más crecimiento para salir de la crisis; pero en Río, los ecologistas advertirán que el crecimiento –si no es sostenible– significa siempre mayor deterioro del medio ambiente y mayor peligro de agotamiento de los limitados recursos del planeta...

Los líderes mundiales, junto con miles de representantes de gobiernos, empresas privadas, organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales y otros grupos de la sociedad civil, se reúnen pues en Río de Janeiro para definir precisamente una agenda global a fin de garantizar la sostenibilidad ambiental y también reducir la pobreza y promover la igualdad social. El debate central estará entre el concepto de “economía verde” que defienden los portavoces del neoliberalismo, y el de “economía ­solidaria”, promovida por los movimientos que creen que sin la superación del modelo actual de “desarrollo predatorio”, basado en la acumulación privada de riqueza, no habrá preservación ambiental.

Los países ricos acuden a Río con esa propuesta principal de la “economía verde”. Un concepto-trampa que se limita a designar, la mayoría de las veces, un simple camuflaje verde de la economía pura y dura de siempre. Un “enverdecimiento”, en suma, del ­capitalismo especulativo. Esos países desean que la Conferencia Rio+20 les otorgue un mandato de las Naciones Unidas para empezar a definir, a ­escala planetaria, una serie de indicadores de medición para evaluar económicamente las diferentes funciones de la naturaleza, y crear de ese modo las bases para un mercado mundial de servicios ambientales.

Esa “economía verde” desea no sólo la mercantilización de la parte material de la naturaleza ­sino la mercantilización de los procesos y funciones de la naturaleza. En otras palabras, la “economía verde”, como afirma el activista boliviano Pablo Solón, busca no sólo mercantilizar la madera de los bosques sino mercantilizar también la capacidad de absorción de dióxido de carbono de esos mismos bosques (5). 

El objetivo central de esa “economía verde” es crear, para la inversión privada, un mercado del agua, del medio ambiente, de los océanos, de la biodiversidad, etc. Asignando precio a cada elemento del medio ­ambiente, con el objetivo de garantizar las ganancias de los inversores privados. De tal modo que la “economía verde”, en vez de crear productos reales, organizará un nuevo mercado inmaterial de bonos e instrumentos financieros que se negociarán a través de los bancos. El mismo sistema bancario culpable de la crisis financiera del 2008, que recibió miles de millones de euros de los gobiernos, dispondrá así, a su antojo, de la Madre Naturaleza para seguir especulando y realizando de nuevo cuantiosas ganancias.

Frente a estas posiciones, paralelamente a la Conferencia de la ONU, la sociedad civil organiza en Río la Cumbre de los Pueblos. En este foro se presentan alternativas en defensa de los “bienes comunes de la humanidad”. Producidos por la naturaleza o por grupos humanos, a nivel local, nacional o global, estos bienes deben ser de propiedad colectiva. Entre ellos están el aire y la atmósfera, el agua, los acuíferos –ríos, océanos y ­lagos–, las tierras comunales o ancestrales, las semillas, la biodiversidad, los parques ­naturales, el lenguaje, el paisaje, la memoria, el ­conocimiento, ­Internet, los productos distribuidos con licencia libre, la información genética, etc. El agua dulce empieza a ser vista como el bien común por excelencia, y las luchas contra su privatización –en varios Estados– han tenido notable éxito. 

Otra idea que preconiza la Cumbre de los Pueblos es la de una transición gradual entre una civilización antropocéntrica y una “civilización biocéntrica”, centrada en la vida, lo que implica el reconocimiento de los derechos de la Naturaleza y la redefinición del buen vivir y de la prosperidad de modo que no dependan del crecimiento económico infinito. También defiende la soberanía alimentaria. Cada comunidad debe poder controlar los alimentos que produce y consume, acercando consumidores y productores, defendiendo una agricultura campesina y prohibiendo la especulación financiera con los alimentos. 

En fin, la Cumbre de los Pueblos reclama un vasto programa de “consumo responsable” que incluya una nueva ética del cuidado y del compartir; una preocupación contra la obsolescencia artificial de los productos; una preferencia por los bienes producidos por la economía social y solidaria basada en el trabajo y no en el capital; y un rechazo del consumo de productos realizados a costa del trabajo esclavo (6).

La Conferencia Rio+20 ofrece así la ocasión a los movimientos sociales, a escala internacional, de reafirmar su  lucha por una justicia ambiental en oposición al modelo de desarrollo especulativo. Y su rechazo del intento de “enverdecimiento” del capitalismo. Según esos movimientos, la “economía verde” no constituye una solución a la crisis ­ambiental y alimentaria. Al contrario, se trata de una “falsa solución” que agravará el problema de la mercantilización de la vida (7). En suma, un nuevo disfraz del sistema. Y los ciudadanos están cada vez más hartos de los disfraces. Y del sistema.
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(1) Léase Ignacio Ramonet,  “Urgencias climáticas”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2012.
(2) El País, Madrid, 21 de mayo de 2012.
(4) “Corralito” es una palabra surgida durante la crisis económica argentina de 2001, cuando ante la avalancha de clientes a los bancos para retirar sus ahorros, el ministro  Domingo Cavallo decidió que cada titular de cuenta sólo podría retirar un máximo de 250 pesos por semana. El ministro español de Hacienda, Cristóbal Montoro, declaró, al revuelo causado por la palabras de Krugman, asegurando que un corralito en España es una posibilidad técnicamente imposible.
(5) Pablo Solón, “¿Qué pasa en la negociación  para Rio+20?”, 4 de abril de 2012. http://rio20.net/documentos/que-pasa-en-la-negociacion-para-rio20
(7) Léase, “Declaración de la Asamblea de movimientos sociales”, Porto Alegre, 28 de enero de 2012. http://redconvergenciasocial.org/?p=160